Libretas y cuadernos: trozos de creatividad

Cuando alguien me pregunta cómo empezar a escribir, suelo darle como primer consejo que no intente hacer una obra completa: ni una novela larga, ni una corta, ni un relato, ni un cuento; incluso ni siquiera un microcuento.

Mi consejo es que escriba fragmentos, trozos de idea, una descripción aislada, un diálogo sin contexto, el esbozo de un argumento, una frase ocurrente que se le vino a la cabeza y no sabe para qué le va a servir.

También suelo recomendar que escriba estos fragmentos en caliente, es decir, tan pronto como surge la idea y/o la necesidad de plasmarla: no hay que dejar escapar nada pensando que más adelante lo recordaremos porque —es mi triste experiencia— la mayoría de las veces lo olvidamos, o lo recordamos de forma incompleta, o hay algo que le hizo perder la chispa primigenia.

Y eso me lleva siempre al tercer consejo: que tenga siempre a mano una libreta, un cuaderno o unas hojitas sueltas, y un bolígrafo, estilógrafo, lápiz, portaminas o cualquier elemento que sirva para escribir en la superficie del papel. (Para quienes son más modernos y se entienden bien con las pantallas táctiles y los minúsculos teclados virtuales, también puede ser una buena solución utilizar esas aplicaciones de notas que vienen por defecto con los dispositivos).

Hay que tener siempre a mano una libreta de bolsillo para evitar que se esfumen las ideas.

La cuestión es que allí donde nos sorprenda la inspiración —en la cama, en el autobús, en la calle, en un bar, en la oficina, en el baño…— podamos tomar nota de las ideas u ocurrencias. Más tarde, en la tranquilidad de un escritorio, frente a un ordenador, un cuaderno más grande, una máquina de escribir, o unos folios blancos y limpios, pasaremos en limpio y desarrollaremos esas ideas. Incluso pueden pasar años entre aquel momento de iluminación y la formulación de un texto: lo importante es contar con ese archivo de fragmentos que nos permita superar bloqueos y construir libros sólidos.

¿Y esta técnica funciona? Cada escritor es un mundo, cada cabeza opera de manera diferente; pero doy fe de que a mí, y a muchos de mis colegas, sí nos funciona.

De hecho, hoy voy a abrir mi cocina y enseñar unas muestras de cómo trabajo.

Frankenstein

Antes de entrar de lleno en mis apuntes, quiero resaltar la importancia del trabajo por fragmentos.

A mí me resulta muy difícil escribir de un modo directo, de principio a fin. Lo primero que escribo de un relato no es siempre la primera frase de ese relato —incluso puede que en la versión final nada sobreviva de esos primeros borradores— y voy dando saltos hacia arriba y abajo, adelante y atrás: es posible que el resultado último sea una historia perfectamente lineal, cronológica; pero el proceso fue completamente caótico.

Además, las ideas suelen surgir de modos muy dispares (y no siempre en buen momento): a veces se nos ocurre un argumento; otras veces la idea de escribir un relato en primera persona, o como un diálogo, o en condicional; otras veces, una imagen o alegoría; o se nos ocurre experimentar cómo encajar un cuento en ciertas redes sociales, o dirigirnos a un público determinado… Los fragmentos permiten que ese disparador no se pierda, y que luego se sumen otros hasta que el germen quede oculto, mutado, desarrollado, transformado de semilla en árbol frondoso.

Por otra parte, quienes están empezando a escribir necesitan encontrar todavía su voz, su estilo, los registros en los que se encuentran más cómodos. Escribir fragmentos aislados, partes de algo que no existe, es como ensayar ejercicios sueltos, pasos de baile, maniobras con el balón, movimientos dispersos (como el «dar cera, pulir cera» de Karate Kid) previos a la rutina olímpica, a la función de ballet, al partido de fútbol o al combate.

Los fragmentos sirven para conocernos como escritores, explorar nuestros límites, cuándo nos sentimos más libres, más espontáneos, más inspirados, más resueltos o contundentes; y en qué modalidades estamos más cohibidos, o nos sentimos torpes, o perdemos fuelle.

No hay que sentir temor ante la obra incompleta: de allí, de anotaciones dispersas, en el futuro pueden salir ideas para obras gigantes; y si no, al menos nos valieron para perder el miedo a escribir.

No olvidemos que Frankenstein o el moderno Prometeo nació como un ejercicio, apenas una idea que apuntó Mary Shelley en una noche de tormenta, y que (como el propio monstruo de la novela) fue creciendo por partes, fragmentariamente.

Un procedimiento

La imagen principal que ilustra este artículo condensa algunas de las herramientas de trabajo que empleo habitualmente. Como se ve, hay un cuaderno de hojas lisas con ilustraciones y apuntes, otro cuaderno grande y cuadriculado con escritos y tachones, una pequeña libreta cuadriculada con anotaciones, y el ordenador con un procesador de texto.

Ordenador, cuaderno de bocetos, cuaderno de borradores y libreta de notas: mi ‘kit’ básico para escribir relatos.

No voy a mentir: nunca sigo un orden exacto de trabajo ni empleo todos los elementos que aparecen en la fotografía. Pero sí hay un esquema que se suele repetirse con bastante frecuencia:

  1. Se me ocurre una idea (un argumento, una frase suelta; o me cruzo por la calle con alguien curioso y trato de describirlo con el mayor detalle posible) y la apunto en la pequeña libreta que llevo siempre conmigo.
  2. Llego a casa y tomo el cuaderno grande, donde intento desarrollar los apuntes tomados en la libreta: me dejo llevar y no me preocupo por erratas, repeticiones de palabras, o incoherencias de tiempos verbales (Nota: a medida que escribamos más, este tipo de errores serán menos frecuentes, incluso en los estadios más primitivos de un borrador). Cuando pasa la inspiración o me estanco, releo el texto y corrijo algunas cosas (los tachones y flechas que se ven en las imágenes).
  3. Paso en limpio (al ordenador) el escrito del cuaderno grande, y aprovecho para corregir y editar algunos de los errores más gruesos cometidos en el frenesí creativo, además de añadir nuevas frases, completar ideas, trabajar mejor las transiciones de un punto al otro, etcétera.
  4. Finalmente, releo lo escrito a máquina y edito y reedito cuantas veces haga falta para obtener un texto que me deje satisfecho (el cual deberá reposar un tiempo, volverá a pasar por los distintos filtros y correcciones propios, y después será sometido al juicio de los lectores beta, los editores, los correctores…).

La libreta pequeña

Las notaciones de la libreta pequeña (DIN-A6) son de lo más variopinto, pero tienen en común su brevedad: no suelen superar las dos páginas, aunque a veces estén rellenas de una letra diminuta y apiñada, sin espacio intermedio entre los renglones de cuadrículas.

Pequeñas pinceladas aglomeradas en una libreta de bolsillo.

Reúnen frases sueltas, como «No te encariñes con el ganado» o «Somos tus proveedores de objetos perdidos», que quizás surgieron arriba de un autobús, mientras pensaba cosas sobre la vida. En un caso, supongo que me pareció una metáfora digna para que el personaje de un jefe meditara acerca de sus relaciones con los empleados; en el otro, una original forma de presentación para una banda de ladrones.

Dos frases ocurrentes, destinadas a relatos que todavía no se han escrito.

También hay pequeños argumentos. Una vez, mientras me documentaba sobre La sociedad industrial y su futuro de Theodore Kaczynskiy, apunté: «Un tipo escribe un manifiesto en un cuaderno, como su gran herencia a la humanidad. Pero escribe con una letra de mierda y no se entiende nada». (Nota: cuando el argumento no corresponde a un proyecto en marcha, suelo titular Idea Suelta; cuando la anotación es para algún trabajo en proceso, suelo titular Idea para… y el código que le haya asignado al proyecto).

Un argumento que surgió como «Idea Suelta» y que acabó germinando en un relato breve del libro ‘Cuento y corto’.

Más tarde, esa idea germinó en un relato breve que incluí en Cuento y corto, y que dice así:

Galimatías manifiesto

El tipo odiaba a la humanidad y a la civilización (a la Civilización con mayúsculas y a cualquier civilización puntual circunscrita en el tiempo y el espacio). No toleraba el orden social ni las teorías, religiones o ideologías que le daban sustento (o coartada). No comulgaba tampoco con ninguna utopía política ni con ideas revolucionarias. El tipo tenía su propia y personal visión acerca de cómo debía ser el mundo, la vida y la organización del ecosistema planetario.

A lo largo de dos décadas, aislado en la espesura de un bosque salvaje, el tipo escribió de su puño y letra un Manifiesto en el que plasmó todo lo que pasaba por su cabeza. Consideró que aquella magna obra significaría un quiebre en la Historia del Universo, una herencia que legaría a la Tierra, el testamento que daría origen a una Nueva Era.

Pero cuando hallaron los cientos de cuadernos apilados junto a su cadáver poco se pudo hacer: los más antiguos expresaban de manera confusa cavilaciones incoherentes y contradictorias, con premisas aleatorias y conclusiones falaces; y los últimos estaban llenos de garabatos en los que resultaba imposible reconocer letras o palabras.

Como se ve, eliminé las palabras malsonantes y expandí (no mucho) esa idea base del argumento original.

También hay ideas muy tenues, asociadas a imágenes, como «Pueblo de los perros (solo perros, nada de gente)» y «Bruma venenosa sobre la ciudad».

Imágenes sueltas que pueden disparar un relato, o servir de atmósfera para un universo literario.

El cuaderno grande

Así como la libreta es un receptáculo de ocurrencias, el cuaderno grande (DIN-A4) es ya un repositorio de borradores.

Para los que tenemos cierta edad y no somos nativos digitales, pero tampoco tan mayores como para haber estudiado dactilografía, el teclado es un elemento extraño con el que solemos pelearnos a menudo. Por lo tanto, cuando queremos que las ideas fluyan sin mayores inconvenientes técnicos ni autocorrectores inoportunos, preferimos el viejo método del manuscrito.

Borrador del cuento «La verdad sobre Maidana» incluido en el libro ‘Códigos de barra’. Nótese los restos de una hoja arrancada en la espiral del cuaderno: se ve que aquel texto ya no tenía arreglo posible. [Pincha en la imagen para acceder al libro].
Escribir a mano tiene sus inconvenientes y sus ventajas. El lado bueno es que la mano y la mente están conectadas de forma directa y que de esta manera plasmar pensamientos es casi instantáneo. La contra es que, en aras de la velocidad, la letra suele ser incomprensible para cualquiera que no sea el autor o un paleógrafo (y a veces ni siquiera para el autor). Otro problema del manuscrito es la corrección: empiezan a acumularse tachones, asteriscos, flechas, corchetes, llamadas, borrones, añadidos al añadido… y finalmente se hace casi imposible seguir el itinerario de las palabras sin un copiloto de rally dando las indicaciones oportunas. En otros términos, la fluidez creativa se convierte en un problema para la fluidez de la lectura.

Entre la letra apresurada, los tachones y los añadidos, el borrador se va tornando ilegible.

En ocasiones, especialmente cuando estoy de viaje, suelo llevar en la mochila un cuaderno de tamaño intermedio (DIN-A5): no tan pequeño como para caber en un bolsillo, pero tampoco tan grande como para que abulte demasiado en el equipaje. Este cuaderno es un híbrido entre la libreta y el cuaderno de borradores: agrupa por igual pequeñas ocurrencias y borradores manuscritos. Algunas de las piezas de Cuento y corto surgieron en una breve escapada y fueron apuntadas en un cuaderno mediano. Cuando volví a casa, fui pasándolas en limpio y apuntando en rojo «hecho» para marcar que esas ideas ya habían sido digitalizadas.

Cuaderno DIN-A5 con borradores de ‘Cuento y corto’. Como se ve, «Hinduljensia» ya se encuentra pasado en limpio al ordenador.

El ordenador

El ordenador (o computadora, para los rioplatenses como yo) es el lugar donde se asientan los textos. Allí, las herramientas de edición son mucho mejores que en el papel, y se obtienen resultados más limpios.

Para mentes que trabajan por fragmentos y de manera algo caótica, las posibilidades que brinda un procesador de texto para cortar, copiar, pegar, deshacer, sobrescribir, buscar/remplazar y un largo etcétera, son imprescindibles.

Por otra parte, actualmente cualquier libro se maqueta en formato electrónico (ya sea para su publicación digital como para imprenta), por lo que conviene que el original se encuentre digitalizado y revisado por su propio autor, evitando de este modo los penosos errores de transcripción o mecanografiado.

No voy a mentir al respecto: hay veces que escribo directamente en el ordenador. Suelen ser ocasiones en las que estoy tranquilo en casa, sin prisas, desarrollando una idea antigua o muy fresca y que no tuve necesidad de plasmar en la libreta (precisamente porque podía sentarme al ordenador y dejar constancia allí de la reflexión).

Del borrador en papel al borrador digital: primer paso hacia el texto «definitivo».

Un consejo que suelo dar para trabajar con archivos informáticos: realizar copias de seguridad asiduamente (cada día, incluso) y, si es posible, almacenar los archivos en la nube —Google Drive, Dropbox o similares, sobre todo si ofrecen servicios de sincronización automática—: la idea es que, si por el motivo que fuera nuestro ordenador muere, jamás perdamos esos originales pulidos y trabajados que tanto esfuerzo nos costaron. Afortunadamente, los archivos de texto ocupan relativamente poco espacio, y por lo tanto no hace falta recurrir a ningún costoso servicio de pago para guardar todo lo que escribamos, ni hay necesidad de borrar material antiguo o priorizar qué almacenamos y que no.

Otro consejo, vinculado a lo anterior, es que organicemos los archivos en carpetas por proyectos, de modo que no haya un descontrol de piezas acumulándose como basura digital. Demo admitir que cierto nivel de caos (y de síndrome de Diógenes) puede ser inevitable, y que al final todos tenemos una carpeta de «Ideas Sueltas», »Cajón de sastre» o «Varios»… Pero lo importante es poder mantener esa bolsa de fragmentos sin proyecto en un nivel manejable, y que tan pronto una idea sea viable para algún trabajo en proceso, se incorpore a su carpeta correspondiente.

Finalmente, es importante conservar la versión original de un texto si vamos a acometer un proceso de edición radical, una reformulación completa de ese original, por si a la postre no estamos conformes con el nuevo resultado o, en plena faena, eliminamos un párrafo que podría valernos para otra idea (Nota: de un borrador, un boceto o un fragmento se puede aprovechar todo; jamás nuestra creatividad tiene que verse limitada ni restringida). Nombrar correctamente los archivos (y renombrarlos) ayuda a reconocer rápidamente cuál es cada uno: «Ojos_brillantes_original.docx» y «Ojos_brillantes_editado.docx» y así sucesivamente; o quizás más simple «Ojos_brillantes_1.odt», «Ojos_brillantes_2.odt»…

Dibujos

¿Y el cuaderno con dibujos?

Es menos habitual, y a no todos los escritores les gusta dibujar. Pero en mi caso es otro modo de imaginar historias: a veces boceto personajes sin un plan determinado, y gracias a ello se me ocurren ideas para un cuento o un universo de personajes.

Distintos estilos, el mismo objetivo: imaginar a través de la imagen.

Por eso, también procuro tener a mano algún cuaderno de hojas lisas, donde pueda esbozar con bolígrafo, tinta, lápiz (o todo a la vez) rostros imprevisibles que acaban por tomar forma, como si una parte oculta de mi imaginación solo fuera capaz de emerger a través de la imagen y no de las palabras.

Eso sí, una vez se materializa, una vez veo ese rostro y otros atributos del personaje (ropa, expresión, complementos…), o incluso a medida que voy dibujando, es inevitable elucubrar historias, aunque más no sean fotogramas o pinceladas de un argumento.

Con bolígrafos negro y rojo aparece la figura de un brujo fantástico. Consigna: pensar una historia para ese brujo.

En ocasiones las ideas mueren allí, o permanecen latentes hasta que, en otro momento y circunstancias, vuelvo sobre esos dibujos y se reactiva la imaginación. Otra veces, brota un cuento casi al instante, o uno de esos fragmentos de práctica que recomiendo a los principiantes, como ocurrió en este relato.

Cuando faltan hojas lisas, los márgenes cuadriculados son víctimas del bloqueo: surgen así patrones, formas geométricas, palabras sueltas, algún nombre, o pequeños retratos, monstruos y rostros. Incluso trozos de las pequeñas libretas pueden verse sorpresivamente invadidos por auténticos garabatos. Son mecanismos para liberar tensión, a la vez que la mano se mantiene activa y dispuesta a seguir trabajando. No dan una imagen muy pulcra o prolija del cuaderno, pero son señal de una mente inquieta.

Autorretratos garabateados entre fragmentos e ideas sueltas de la libreta pequeña.

En fin, así es como trabajo yo. No tengo la mejor caligrafía ni me van a dar el Premio Nacional de las Artes, pero al menos consigo retener la inspiración y construir de a poco mis libros de relatos.

Me gustaría conocer cómo es tu proceso de trabajo, si coincide total o parcialmente con el mío, y poder intercambiar sugerencias y experiencias. Deja tu comentario abajo, o escríbeme a cerletti.cohr@gmail.com.

© Julio César Cerletti
Asesor editorial para escritores independientes de cuentos fantásticos u oscuros
 

Publicación independiente (II): creer en sí mismos

En el anterior artículo dedicado a la publicación independiente, comencé discutiendo algunas ideas sobre la autopublicación que habían surgido en un debate entre escritores independientes, en un foro de internet.

Me quedaban pendientes de analizar los siguientes argumentos, sostenidos por aquellos que minusvaloraban o descreían de la autopublicación:

  1. Las empresas que ofrecen servicios de autopublicación persiguen legítimamente, pero también únicamente, su beneficio económico, sin atender a la calidad de lo que ayudan a publicar.
  2. Mediante la autopublicación, cualquier autor puede realizar su sueño y tener un libro «para el goce personal y alimentación del ego» independientemente de la calidad del libro.
  3. Todos los escritores buscan que los lean, y ello equivale a buscar la aprobación de los demás.
  4. Todos los autores quieren que sus trabajos se publiquen en papel: el libro físico es lo que nos realiza como escritores, nos garantiza la perdurabilidad; mientras que la publicación digital es efímera.

Tal como afirmaba en la primera parte de este artículo, estoy parcialmente de acuerdo con algunas de estas afirmaciones, pero hay ideas que me parecen muy discutibles. Vayamos de a poco.

Segunda matización

Deberíamos hacer una matización entre lo que es autopublicación, a secas, y lo que podríamos llamar publicación independiente. Esta última sería un tipo específico de autopublicación, similar a la producción independiente en el panorama musical o cinematográfico:

  • Autopublicarse, como su nombre indica, es «hacer pública» una obra propia. Incluye desde un blog (o una entrada en Facebook, o en Instagram) hasta la impresión de un libro, pasando por el libro digital, un fanzine, una hoja fotocopiada en una cartelera, y lo que la imaginación ponga a disposición del escritor. Hoy en día, los medios tecnológicos permiten hacer pública nuestra obra de diversas formas y con costes nulos o muy reducidos (blogs gratuitos en WordPress o Blogger, impresión bajo demanda, etc.). En ese sentido, autopublicarse está al alcance de cualquiera, tenga o no talento, tenga o no algún mensaje importante que compartir, tenga o no posibilidades comerciales, escriba o no con faltas de ortografía, aspire o no a hacer carrera como escritor.
  • Una publicación independiente, en cambio, es aquella que se publica siguiendo los estándares de calidad y mecanismos profesionales por fuera del sistema de las editoriales tradicionales. Puede ser a través de una editorial pequeña (también llamada «editorial independiente»), mediante iniciativas colectivas (crowdfunding, cooperativas de artistas, etc.) o con los medios del propio autor, que contrata con su dinero servicios profesionales para realizar las distintas fases de producción (edición, corrección, maquetación, impresión…).

Independencia

Es importante hacer una aclaración, especialmente después de haber hecho referencia a la música y al cine independientes: la independencia siempre será «ausencia de dependencia con respecto a algo o alguien». No se puede ser independiente «a secas»; se es independiente (no-dependiente) de algo.

En la industria cultural, el término suele hacer referencia a la independencia con respecto a las grandes corporaciones, ya sean grupos editoriales (Penguin Random House, Grupo Planeta, etc.), productoras de cine (MGM, Warner, Disney, etc.) o discográficas (Sony BMG, Universal Music, etc.), entre otros.

No depender de estos grupos empresariales supone una serie de ventajas y desventajas:

  • Desventajas: la difusión, la distribución y las cuotas de mercado que poseen las obras promovidas por los grandes grupos son infinitamente mayores que las de emprendimientos modestos; la independencia dificulta, por lo tanto, la publicidad de nuestro trabajo, su alcance, su llegada al público;
  • Ventajas: como se verá, las ventajas están asociadas a una mayor libertad tanto en los tiempos y modos de trabajo, como en materia de creatividad, ya que las grandes compañías suelen reducir riesgos, apostar sobre seguro, estandarizar, incluso censurar…

La publicación independiente puede ser resultado de una reflexión, bien una cuestión de principios, bien una apuesta ideológica, o bien una estrategia meramente práctica:

  1. puede basarse en el deseo del autor de no renunciar al control completo de su obra: las editoriales tradicionales suelen intervenir en el ritmo de producción y en el texto —sugerir cambios en la trama, adaptaciones en el estilo, eliminación de palabras o personajes que podrían resultar ofensivos, finales alternativos, etc.—; además, deciden sobre el arte de cubierta, la inclusión o no de ilustraciones, el estilo de maquetación, acabados… En definitiva, si el autor tiene claro cómo quiere que se vea su publicación, sabe cómo llevarlo a cabo y cuenta con la ayuda profesional que necesita para ver su idea plasmada, puede optar por el camino de la autopublicación profesional o publicación independiente;
  2. en otros casos, dado el contenido de la obra (contracultural, antisistema, políticamente incorrecto, subversivo, revolucionario, no-comercial, etc.), la independencia con respecto a las empresas tradicionales es una elección intencionada e irrenunciable; de hecho, algunas publicaciones independientes son claramente enemigas de los grandes grupos, o de la industria cultural en su conjunto;
  3. finalmente, hay autores que optan por la publicación independiente ante el rechazo o (lo que es más frecuente) la indiferencia de las editoriales tradicionales: muchas de ellas directamente no aceptan manuscritos, y las que los aceptan no se comprometen a dar respuesta, o dan respuestas estandarizadas como «en estos momentos tenemos cubierta la producción para los próximos x meses» o «su trabajo no encaja con nuestra línea editorial». En cualquier caso, un autor con fe en su obra puede optar por publicarla de forma independiente, sin abandonar necesariamente su deseo de firmar (algún día) un contrato con una multinacional.

Ahora bien, eso nos lleva a otro punto interesante: ¿de verdad la autopublicación solo busca «el goce personal y alimentación del ego»? ¿Realmente todos los autores que se lanzan a la difícil tarea de crear un producto literario, de llevarlo al mercado, y de promoverlo con más o menos ayuda profesional, lo hacen solo por vanidad?

Creo que no es así, al menos para aquellos a quienes podríamos llamar escritores independientes.

Los caminos de la autopublicación son infinitos: los graffiti, por qué no, son uno de ellos…

El escritor independiente

Los escritores independientes son aquellos que no tienen contrato con una de las editoriales tradicionales, especialmente con los grandes grupos.

Podríamos indicar, grosso modo, dos tipos de escritores independientes:

  1. están los que firman alguna clase de contrato puntual para la explotación de obras concretas con editoriales pequeñas —editoriales que siguen el modelo de negocio tradicional y también se llaman a sí mismas independientes, porque no forman parte de ningún grupo empresarial—;
  2. y están aquellos escritores independientes que directamente se autopublican.

Los primeros cuentan con el respaldo técnico de las editoriales independientes y pueden aspirar a que su producto tenga una calidad mínima; además, no tienen que ocuparse de la distribución, cuentan con apoyo para la promoción, etc. El alcance de la distribución y promoción es limitado (normalmente se circunscribe a áreas geográficas específicas), pero al menos hay una estructura previa que da soporte al autor. Los segundos, en cambio, tienen una obra titánica por delante.

Lo que ambos tienen en común es que quieren hacer carrera como escritores.

En este sentido, autopublicarse no tiene que suponer una merma de calidad, ni literaria (contenido) ni editorial (producto). Hay muchos profesionales que ofrecen servicios para leer manuscritos, realizar observaciones, sugerencias, correcciones, diseño, maquetación, impresión, etc., a fin de que el libro publicado (autopublicado) alcance unos mínimos estándares aceptables por los lectores medios (citábamos en la primera parte de este artículo, como referencia para saber cuáles son esos estándares mínimos, a Mariana Eguaras).

Importante: Los autores que aspiran a (auto)publicar una obra de calidad, deben someter su trabajo al escrutinio profesional y aceptar este juicio antes de publicar; dejarse asesorar por especialistas y, sin perder control de su obra, entender qué no funciona, los problemas de lectura que presenta (y por qué posibles vías solucionarlos), qué formatos son más apropiados para su difusión, etcétera, etcétera, etcétera.

Evidentemente, el coste de publicar con estas ayudas profesionales resulta sustancialmente mayor a la autopublicación de un libro a secas (no hablemos ya con respecto a un blog o una página de Facebook). El escritor independiente se convierte, así, en una suerte de autónomo, de emprendedor cultural: invierte en su producto, trabaja con sus proveedores, y recupera su inversión mediante la venta de un producto (su libro). Ana González Duque habla directamente de «el escritor emprendedor».

Bibliografía: Ana González Duque es, de hecho, la autora de un libro titulado El escritor emprendedor, con consejos y claves para aquellos que decidan hacer carrera por su cuenta. También hay guías interesantes y útiles para escritores independientes, como los libros de Autorquía (Manual de Autopublicación) y de Alejandro Capparelli (Cómo ser un escritor independiente). No son muy caros —si se tiene una suscripción a Amazon Kindle, incluso podrían salir gratis en su versión de libro electrónico— y aportan una guía básica bastante útil para los escritores que quieren autopublicarse con estándares profesionales y control de la propia obra, administrando su imagen de marca, desarrollando estrategias online y offline de promoción, etc.

Evidentemente, entre los proveedores de servicios para escritores independientes existe un abanico de empresas y prestaciones (y un rango de precios) tan amplio que no debería generalizarse a la ligera. No todos los servicios están orientados a los mismos aspectos de la calidad del producto, ni tienen el mismo nivel de especialización. Y si bien, como vimos en la primera parte de este artículo, todos tienen que pagar sus cuentas y buscar la rentabilidad para su negocio, no todos adquieren el mismo compromiso con la calidad del servicio que prestan.

Por eso circula la idea entre algunos escritores —en virtud de malas experiencias personales con cierto tipo de proveedores— de que los profesionales vinculados a la autopublicación buscan «únicamente, su beneficio económico, sin atender a la calidad de lo que ayudan a publicar».

Efectivamente, puede que ciertas empresas de autopublicación low cost, o incluso algunas líneas de negocio de los grandes grupos, busquen lucrar con aquellos que aspiran a la publicación de vanidad: se trata de otra clase de autopublicación, diferente de la publicación  independiente, y que se destina básicamente para consumo del propio autor, para enseñar a familiares y amigos en las reuniones sociales, para obsequiar como regalo empresarial, etc. Así las cosas, aquellas empresas no ponen mucho empeño en mejorar la calidad de un producto que, de todos modos, el cliente va a pagar porque su objetivo no es enviar un mensaje solvente a un lector ideal, sino el «goce personal y alimentación del ego». Dicho de otra manera, ciertas empresas saben que, para esta clase de publicaciones «vanidosas», no merece la pena esforzarse.

Paréntesis: Para conocer más sobre estas malas experiencias en autopublicación, se puede leer el artículo de Antonio Castro «Autoedición vs. publicación de vanidad». Para la idea de publicación de vanidad, el de Wendy J. Woudstra «¿Qué es una autopublicación o edición de autor?» (o su original en inglés en este enlace).

El sueño del escritor

Concuerdo con una idea central en el debate que nos atañe: todos escribimos para que nos lean. Pero no coincido en que sea la aceptación social o la aprobación lo que todos buscamos. Al contrario, a veces se trata de provocar, de despertar conciencias, de generar polémica. Como demuestran casos históricos, en ocasiones no hay mejor aval para una obra rompedora que su rechazo por los estamentos y/o el público general.

Con ello no quiero decir que toda obra deba ser vanguardista o minoritaria, ni que la aceptación social o la aprobación sean detalles menores: dependiendo del perfil de escritor independiente al que uno aspire, una cosa o la otra (o ambas) pueden ser deseables:

  • los escritores que aspiran al éxito comercial, necesitan de la aceptación social;
  • los escritores que aspiran a «codearse con los grandes» o hacerse un nombre junto a ellos, necesitan de la aprobación que dan, generalmente, la crítica, la academia y/o el establishment cultural.

En estos casos, hablamos de aspiraciones legítimas, pero no necesariamente compartidas por todos los escritores. Hay algunos que se mueven más por vocación artística, que buscan o experimentan saliéndose de los cánones o de las fórmulas contrastadas, que arriesgan o que desafían a las corrientes culturales de su tiempo y espacio: estos no buscan aceptación social ni aprobación.

En cambio, lo que todos los escritores anhelan, sí o sí, lo que de verdad da sentido a su trabajo, es que los lean.

Puede ser gratis, o haciéndose ricos; puede ser a un círculo cercano de diez personas, o a millones de desconocidos: uno escribe algo porque quiere contar alguna cosa a sus semejantes. Si no hubiera un destinatario más o menos concreto, más o menos ideal para nuestro escrito, no tendría sentido escribir.

Y ese, solo ese, es el único y verdadero sueño del escritor: que alguien reciba nuestro mensaje, que alguien disfrute con nuestras palabras, o polemice con ellas, o se quede pensando por nuestra culpa.

Hipótesis: De hecho, lo que distingue al que realiza una publicación de vanidad de un «auténtico» escritor es esta necesidad y esta esperanza: mientras uno (el «vanidoso»), solo necesita tener un ejemplar con su nombre para decir «Soy escritor», el otro (el «auténtico»), necesita lectores.

La publicación independiente es, por lo tanto, un medio válido (a veces desesperado, a veces ilusionante) para alcanzar aquel sueño. Dar a conocer la propia obra por uno mismo, hacerla pública con un mínimo de calidad, es llevarla hasta los posibles lectores a la espera de que se realice, de que viva en otros ojos y complete su viaje.

Desvío: Como vimos más arriba, muchos escritores independientes y prácticos —que se autopublican porque no consiguieron que su obra fuera aceptada por una editorial tradicional— aspiran a ser «descubiertos» o a que su obra alcance tal reconocimiento, tales niveles de venta en plataformas como Amazon, que finalmente un grupo editorial se fije en ellos y les ofrezca un contrato. Pero es una posibilidad tan remota que construir su carrera bajo esa premisa puede acabar siendo innecesariamente frustrante. Al escritor independiente solo debería moverlo su ansia de ser leído, de que sus pensamientos, su mensaje, lleguen al máximo número de personas posible. Por el medio o canal o soporte que sea.

El papel, el objeto-libro, es aún hoy un gran atractivo para buena parte del público lector.

El papel de lo digital

Llegamos así a otro asunto espinoso del debate: ¿realmente nos «realizamos como escritores» solo cuando hemos conseguido publicar un libro en papel?

No vamos a negarlo: el libro físico es uno de los artefactos más antiguos y reputados de la humanidad, y gran responsable de que exista la civilización tal como la conocemos. Su historia, su prestigio, su profunda conexión cultural y emocional con nosotros hace que, difícilmente, encontremos otro objeto equivalente. Nuestra literatura, nuestros mitos, nuestras supersticiones y fantasías, están poblados de libros mágicos; de incunables; de ejemplares con anotaciones célebres en sus márgenes; de ediciones raras, limitadas o únicas; de tomos perdidos; de voluminosas encuadernaciones plagadas de secretos y saberes.

Pero estamos en una era electrónica, donde la información circula y se almacena en forma de bits: toda la biblioteca de Alejandría en su máximo esplendor sería hoy solamente un pequeño fragmento de memoria en un servidor subterráneo. Por ello, no hay que menospreciar la publicación digital.

Entiendo que, por sentimentalismo o tradición, para muchos (y cito al autor del documento que abrió el debate) «el libro físico sigue siendo el documento que nos realiza como escritores, lo que nos hace perdurables, tangibles; por el contrario, cuando lo hacemos en forma digital, nos deja la sensación de lo efímero».

Pero quizás los últimos en aferrarnos al papel como elemento de prestigio seamos los integrantes de cierta generación. Para las nuevas camadas, que viven a través de los dispositivos electrónicos y que quieren todo en la palma de su mano —y que incluso (tal vez) están más sensibilizadas con el consumo de papel y la tala de bosques—, el concepto ya no será igual.

En cualquier caso, es una preferencia personal y discutible: desde mi punto de vista, yo también adoro los libros en papel —y como además soy ilustrador autodidacta, me gustan especialmente las ediciones ilustradas—. Me gusta ver mi obra impresa pero, insisto, esto es muy subjetivo.

Por otra parte, es extraño el vínculo que establecen algunos entre «libro impreso/ perdurabilidad», por un lado, y «libro digital/ efímero», por el otro. El papel se deteriora, se corrompe, se aja, se resquebraja, se humedece, se mancha, se quema… se pierde. La humanidad ha extraviado ya incontables ejemplares únicos de obras que nunca más podremos leer por culpa de la imperfección intrínseca del papel como soporte para almacenar información.

En cambio, la compulsión recopiladora de datos actual, el almacenamiento digital de todo, parece hacernos creer que solo es real lo que está en la nube, online, en internet; si busco algo en Google y no lo encuentro, hay dos posibilidades: o es insignificante, despreciable, de mala calidad, prescindible, periférico…; o bien no existe.

No es mi intención renunciar al papel, ni exaltar lo digital, sino remarcar que el mero hecho de ocupar un espacio (físico) en una estantería (una, quizás solo una estantería en el inmenso universo) no garantiza la eternidad; y que (a menos que colapse nuestra civilización, cosa que no debemos descartar nunca), la existencia digital se antoja hoy mucho más eterna y universalmente accesible que la corporeidad de celulosa.

Paréntesis: En cualquier caso, para los enamorados del papel como yo, hay fórmulas de autopublicación que permiten conseguir un libro impreso con buena calidad, sin mayor coste para el bolsillo de su autor: las que implican impresión bajo demanda o la impresión digital en tiradas pequeñas, por ejemplo. Y no se trata de meras publicaciones de vanidad, sino de un modelo de negocio viable que permite controlar mejor los costes y ofrecer a los lectores un volumen con buenos acabados. Yo he comprado varios libros técnicos impresos bajo demanda y estoy satisfecho con el producto adquirido.

Mediocridad

Para concluir este artículo, vamos a volver sobre el principal punto del debate: la calidad.

Un amigo me decía: «en el mundo siempre hay lugar para un mediocre más». En el panorama literario, ello es válido tanto para las editoriales tradicionales o los grandes grupos, como para las publicaciones independientes.

Vuelvo a insistir: un vistazo por las estanterías de las librerías, quitando las obras clásicas o de autores consagrados (y a veces incluso en estos casos), nos deja un panorama algo desalentador… a pesar del filtro editorial. Lo comercial es, a día de hoy, dominante —conviene leer este polémico artículo de Valentín Pérez Venzalá, sobre los motivos y problemas del modelo actual de producción y venta de libros—.

Por otra parte, las publicaciones de mala calidad, en cualquiera de sus aspectos (contenido, argumento, estilo, edición o corrección, diseño o maquetación, impresión, etc.) se suelen caer por su propio peso: no resisten la crítica, no alcanzan suficiente difusión, y suman detractores antes que seguidores.

La verdadera discusión, desde mi punto de vista, pasa por el mensaje, un aspecto que muchos aspirantes a escritores con los que me encuentro desprecian inexplicablemente. La mayoría de ellos se centra únicamente en el argumento, o en imitar los libros de éxito que les gusta leer, pero olvidan que un escritor escribe para contar algo que va más allá de la anécdota. Una historia de fantasmas puede ser una reflexión sobre la soledad o, como El fantasma de Canterville, una crítica en clave cómica al materialismo moderno.

Ahora bien, una obra pésimamente escrita y editada, pero que resulte polémica, que plantee un tema tabú o candente, puede tener éxito a pesar de su mala calidad. Muchos panfletos con teorías de la conspiración o soluciones mágicas para la vida pueden ocupar los primeros puestos de ventas en librerías digitales: el mensaje que prometen puede hacer atractiva una mala propuesta.

Personalmente, ya sea como autor o como asesor editorial, siempre estoy pendiente del mensaje y de cómo hacerlo llegar de forma eficaz: ¿para qué escribo esto? ¿Qué quiero contar con ello? ¿A quién quiero hablarle, qué espero conseguir con mi relato? Y aun cuando pensáramos, como Borges, que ya está todo dicho, que finalmente todas son permutaciones de la misma trama, todas las discusiones son variantes de las mismas ideas, ¿qué puedo aportar yo, a mis contemporáneos, para que vuelvan a pensar sobre aquello que nuestros antepasados ya pensaron?

Si uno tiene un mensaje profundo que transmitir, o una aproximación original a un tema, debe publicarlo por el medio que tenga a su disposición. Ahora bien, para que ese mensaje llegue a destino, para que sea efectivo y eficaz, es necesario que esté bien construido, que no presente problemas de lectura, ni ambigüedades, ni distracciones, ni errores: a ello nos referimos cuando hablamos de un mínimo de calidad editorial.

También es importante cerciorarse de que ese mensaje es relevante, que aporta algo, que merece ser contado: y para ello hay múltiples vías, no solo la aceptación (o rechazo) de una editorial tradicional: hay lectores cualificados, asesores, consultores y otros profesionales que pueden orientar al escritor independiente en este sentido.

La publicación independiente es un buen camino para transmitir nuestro mensaje (nuestra visión del mundo, nuestras preocupaciones) si se hace con rigor y buscando la profesionalidad: es cierto que implica un esfuerzo personal y económico mucho más grande por parte del autor, pero las nuevas tecnologías y las formas de colaboración actuales permiten reducir costes, a la vez que posibilitan un contacto más directo con los futuros lectores.

Decían los escépticos del debate que la autopublicación equivale a un cierto «autoengaño». Pero si no fantaseamos con que ella nos va a dar fama y dinero, que nos va a llevar a las portadas de las revistas culturales o los suplementos literarios, no hay autoengaño. Si asumimos que el objetivo a conseguir mediante la publicación independiente es, simplemente, que nos lean, no hay autoengaño.

No lo olviden: siempre hay lugar para un mediocre más, siempre hay alguien dispuesto a leernos.

© Julio César Cerletti
Asesor editorial para escritores independientes de cuentos fantásticos u oscuros
 

Diccionarios y enciclopedias online : consejos de uso

Un buen escritor tiene que tener siempre a mano material de consulta para despejar sus dudas y ser preciso en su labor. Por un lado, porque la elección de las palabras es vital para hacernos entender correctamente: recordemos que el lector no estará delante de nosotros para poder aclarar el sentido del texto, sino en otro tiempo y espacio muy distintos (en otro continente, dentro de cincuenta años). Por otra parte, porque debemos evitar incluir errores históricos, geográficos o de cualquier otra naturaleza (un reloj de pulsea con pilas en una historia medieval, por ejemplo). Se trata, en fin, de evitar malentendidos o fallos que distraigan a nuestros lectores, para que nuestro mensaje llegue lo más limpio posible.

La gran ventaja de quienes vivimos en esta época es que contamos con abundantes fuentes de consulta online, rápidas y eficaces. En este artículo, voy a explicar cuáles son las que yo uso más y cómo las uso.

La sana duda

Pero antes de entrar en esta cuestión, es importante defender una actitud: la duda.

En su justa medida, la duda es muy sana: nos permite revisar nuestras creencias, poner en cuestión nuestros saberes y obligarnos a verificar los datos de los que disponemos. Evidentemente, no podemos dudar todo el tiempo de todo, porque nos paralizaríamos. Pero sí tenemos que ser conscientes de qué cosas dominamos, cuáles estudiamos una vez y nunca más, cuándo tocamos de oído, y qué asimilamos por ósmosis, de forma no‑sistemática.

Por ejemplo, una vez vi un titular en un periódico online que utilizaba la expresión latina rara avis en masculino (lo que es válido, aunque menos habitual) y escrito de manera incorrecta: «Ganar fuera de casa: un rara habis para nuestro equipo», escribió el periodista.

Está claro que el redactor no dominaba el latín ni las expresiones importadas de esta lengua; que había oído (más que leído) dicha expresión (es decir que le sonaba); y que, por alguna conexión mental propia, asumió que avis se escribía con h y con b. Pero también está claro que no dudó y, por lo tanto, no verificó la grafía de la expresión, porque de otro modo se habría ahorrado una buena cantidad de (malos) comentarios.

La enseñanza de esta anécdota es doble para quienes escribimos, porque todos podemos estar en el lugar del periodista, todos podemos tener la necesidad de emplear una expresión que nos suena, o de citar un dato que recordamos vagamente:

  • En primer lugar, debemos ser conscientes de nuestro grado de conocimiento (o desconocimiento) sobre una materia determinada, y debemos permitirnos dudar sobre lo que creemos que sabemos: es mejor «perder el tiempo» para confirmar que estábamos en lo cierto, que esperar a que otros nos señalen el error.
  • En segundo lugar, tenemos que revisar muy bien un texto antes de publicarlo y detenernos en todas y cada una de las expresiones o informaciones que nos resulten mínimamente dudosas (y muy especialmente si están en un título).

El DLE

De modo que la primera herramienta para tener siempre a mano (yo la tengo abierta permanentemente en una ventana mientras escribo) es el Diccionario de la Lengua Española (DLE) que ha elaborado la Asociación de Academias de la Lengua Española y es heredero del nunca bien ponderado Diccionario de la Real Academia Española.

Para los que hablamos en español (o castellano) es básico. Es el resultado de un esfuerzo mancomunado de estudiosos de nuestra lengua en todos los ámbitos geográficos donde se la considera lengua materna, y nos da las referencias mínimas que debemos tomar en consideración para comunicarnos correctamente con otros hispanohablantes.

Ojo, con corrección no me refiero a «de forma elitista». Como ya expliqué en otra reflexión, «la lengua es un código, y para que la comunicación sea efectiva es necesario que el emisor y el receptor del mensaje compartan el mismo código». El dominio de la ortografía y la gramática es fundamental, incluso cuando se quiere quebrar sus normas para, por ejemplo, reflejar una jerga o una pronunciación vulgar, coloquial o anómala como en la frase: «Te vuá rompé la sabiola». Si no hay un control de las normas de la lengua, es probable que no se entienda el efecto de quiebre que se intenta expresar, o que solo sea percibido por un público muy limitado.

El uso del DLE online es muy sencillo, y tiene opciones de búsqueda muy útiles (por palabras, por expresiones, por inicio o fin de palabra…). Para lo básico, para asegurarnos de que estamos escribiendo bien la palabra y que la estamos empleando en un sentido correcto (que va a ser comprendido por otros hablantes de nuestra lengua y, eventualmente, por los que vayan a traducir ese texto en el futuro), el DLE resuelve de manera rápida y sencilla. Además, como otros diccionarios, incorpora la posibilidad de buscar cualquier palabra que se encuentre en la definición de un término con solo pinchar sobre ella (es decir, no es necesario escribir esa nueva palabra en el campo de búsqueda, sino que vamos saltando de definición a definición en un solo click).

Por otra parte, en cada verbo hay un botón que permite ver su conjugación completa, incluyendo las formas no personales (infinitivo, gerundio) y el participio.

Como detalle curioso, divertido e inspirador, conviene destacar la búsqueda de anagramas (es decir, palabras que emplean las mismas letras en orden diferente como sendero y enredos), lo que puede nutrir a nuestros textos de combinaciones y juegos muy interesantes.

El DPD

Pero las Academias tienen otra herramienta muy útil a nuestra disposición: el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD) que, aunque de 2005, resulta eficaz para resolver dudas habituales sobre, por ejemplo, el empleo de los signos de puntuación, las tildes diacríticas (que sirven para distinguir entre dos significados, como en de y ) y muchas cosas más.

Su uso es menos intuitivo o clásico que en el DLE, por lo que no hay que desesperarse si nuestra duda no se resuelve a la primera búsqueda.

Por ejemplo, supongamos que yo necesito saber si lunes se escribe con mayúscula o minúscula inicial, y busco «lunes» en el DPD, es posible que no me devuelva ningún resultado (o que no sea útil). En ese caso, debo cambiar de estrategia, pensar dentro de qué posible tema se agrupa nuestro caso concreto y buscar, por ejemplo, «mayúsculas» en el DPD. Entonces sí, obtendremos como resultado un largo artículo que deberemos leer con paciencia hasta llegar al puto donde nuestra duda se despeja (en este caso concreto, el apartado 6.1). Sabremos así que lunes va siempre en minúsculas, excepto que integre el nombre de una festividad, como en Lunes Santo, cosa que no sabríamos si solo consultáramos el DLE.

Es decir, el DPD nos exige saber cuál es la naturaleza de nuestra duda, qué es lo que ignoramos. Hay casos, como el ejemplo anterior, en que el tema es bastante claro. Pero, ¿qué pasa cuando dudamos  entre las tres opciones siguientes?

  1. Pienso en que mañana debo ir a trabajar.
  2. Pienso de que mañana debo ir a trabajar.
  3. Pienso que mañana debo ir a trabajar.

Resolveremos parte del problema buscando el verbo «pensar» en el DPD, pero otra parte de nuestra duda se despejará mediante un artículo aparte sobre el dequeísmo (que afortunadamente está vinculado en la entrada de pensar). Para los curiosos, la opción 2 es siempre incorrecta, mientras que la 1 denota tener en mente («Tengo en mente que mañana debo ir a trabajar») y la 3, opinar o creer («Creo que mañana debo ir a trabajar»).

Fundéu

La Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA) tiene por objetivo impulsar el buen uso del español en los medios de comunicación. (¡Cuánto bien le habría hecho a nuestro periodista consultar allí sobre la rara avis!).

Sin embargo, aunque no vayamos a ejercer el oficio de periodista, su web de consultas es muy útil cuando trabajamos con terminología actual (como, por ejemplo, toda la que deriva de la pandemia de 2019-2020, como coronavirus, COVID-19, desescalada, ERTE, confinamiento, estado de alarma y un larguísimo etcétera).

Es decir, si nuestra historia requiere el empleo de neologismos y términos de actualidad, o bien va a jugar con los registros periodísticos, es imprescindible tener a mano esta web.

No vamos a encontrar tan fácilmente como en el diccionario todos los términos que busquemos. Pero es probable que demos con algunas respuestas buceando entre las numerosas herramientas disponibles: no solo en las búsquedas, sino en su blog, sus categorías, sus recomendaciones, etc.

También se pueden formular consultas específicas a través de un formulario; aunque recomiendo navegar un poco antes de enviar una duda, ya que la Fundación lleva muchos años trabajando y resolviendo todo tipo de preguntas, y hay muchas posibilidades de que lo que uno necesita saber ya esté respondido en alguna parte.

WordReference

WordReference es una iniciativa privada y gratuita cuyo objetivo primordial es el de ofrecer diccionarios bilingües, junto con herramientas y foros para traductores.

No obstante su utilidad para incorporar a nuestros textos palabras de otros idiomas, tiene dos aplicaciones interesantes para los que escribimos exclusivamente en español, un  diccionario de sinónimos y un foro solo en español. Esta fuente no tiene el mismo respaldo académico o institucional que las anteriores, pero es un complemento muy interesante que nos permite dos cosas:

  • Gracias a su diccionario de sinónimos, podemos salir de un apuro momentáneo, de un bloqueo, recuperar una palabra que se atasca en la punta de la lengua o evitar las odiosas repeticiones (aunque quizás debamos verificar en el DLE que estamos empleando el supuesto sinónimo en un sentido apropiado);
  • En su foro de español, donde se intercambian dudas, consultas y respuestas entre los usuarios, podemos acercarnos a expresiones coloquiales de otros ámbitos geográficos, de «tribus urbanas», del lunfardo y de un largo etcétera, que no necesariamente están recogidas en el DLE, en especial cuando tratamos con jerga juvenil, modas recientes o dichos muy peculiares de un sitio concreto.

Wikipedia

Por último pero no por ello menos importante, la omnisciente y omnipresente Wikipedia.

Es el sueño de la Enciclopedia Universal Total hecho realidad, en permanente crecimiento y expansión, en múltiples idiomas, con todas sus entradas entrelazadas y actualizadas… aunque tiene sus limitaciones.

La Wikipedia, como toda obra colectiva y monumental, depende mucho de quién escribe en ella, quién edita los artículos o entradas, quién corrige y quién supervisa la coherencia del conjunto. Ahora bien, por su naturaleza abierta, libre y colaborativa, Wikipedia es un proyecto que está sujeto a discusiones (todos sus artículos incorporan una pestaña de Discusión donde los autores o editores pueden debatir sobre la información que se ofrece) y en ocasiones a manipulaciones (aunque temporales o marginales, hasta que alguien las detecte y las corrija o suprima). Si bien podemos asumir que hay un esfuerzo honesto en todos los participantes de esta titánica tarea, y que existen algunas precauciones y requisitos para poder participar en ella, nadie está exento de las miserias humanas: vanidad, mentira, egoísmo… Hay muchas entradas con redacciones o ediciones interesadas, con demasiada carga ideológica o política, y aunque tarde o temprano todo se revisa y se matiza, uno nuca puede estar seguro de en qué estado se encuentra el contenido del artículo que está leyendo en ese momento.

Ello no significa que debamos desechar a la Wikipedia como fuente de información, sino que debemos ser cautos.

Como indican sus propios creadores, «Wikipedia no es fuente primaria: la información nunca debe proceder en última instancia de los propios editores». Mi recomendación es que, en general, resulta muy útil ante dos supuestos:

  1. Cuando necesitamos saber cómo se escribe un nombre (da igual que sea un personaje histórico, un concepto, una teoría, un título) y sus posibles variantes.
  2. Como primera toma de contacto con un tema.

Incluso cuando leemos un artículo en Wikipedia que requiere mucha revisión, donde los editores han indicado que faltan citas o referencias, que tiene lagunas o zonas confusas, seguro que contiene algo de información útil que desconocíamos. Eso nos da pistas para continuar con la investigación en otros ámbitos (la biblioteca, otras webs especializadas, etc.). Nos pone en el camino de autores, obras de referencia y temas vinculados; y con todo ello podremos profundizar en el asunto que nos interesa.

No es recomendable basarse exclusivamente en Wikipedia si la información que buscamos allí es central para nuestro relato, pero puede ser suficiente si la consulta solo trata de confirmar un dato menor.

En otras palabras: empléese con moderación.

© Julio César Cerletti
Asesor editorial para escritores independientes de cuentos fantásticos u oscuros