El terror (I): reflexiones sobre lo desconocido

Vamos a hablar de lo que nos asusta. El terror es un gran paraguas en el que se engloba una multiplicidad de géneros, subgéneros y estilos (dependiendo de la clasificación y del clasificador, o de las sutiles distinciones entre terror, horror, suspense, etc.). No es mi interés hoy detenerme en estas categorías, ni discutir sobre si tal libro o cual película entra (o no) en esta u otra casilla. Porque quiero que nos deshagamos (por un momento) de los clichés de género, y que nos centremos en la esencia: lo que nos da miedo.

Qué no es terror

A veces es mejor explicar una idea empezando por aquello que no es. Y a veces (como ahora) también es bueno provocar un poco y motivar la reflexión. Así que voy a afirmar sin matices: los cuentos de terror no son los vampiros ni el hombre lobo, no son los fantasmas ni las brujas, no son los zombies ni los monstruos; tampoco son las mansiones victorianas ni los túneles parisinos, no son las catacumbas ni los cementerios, no son los bosques nocturnos ni los manicomios abandonados. Todos estos son personajes o escenarios que aparecen recurrentemente en algunas piezas de terror, o que se asocian en el imaginario colectivo al terror; pero no son el terror.

Tomemos como ejemplo la saga Crepúsculo, de Stephenie Meyer, y preguntémonos qué hay de terrorífico en esa historia llena de vampiros y hombres lobo. O pensemos en el cuento «Casa tomada», de Julio Cortázar (incluido en Bestiario), que transcurre en una casa colonial muy antigua y donde una indefinida entidad plural va adueñándose de la vivienda poco a poco: incluso con este argumento no sentimos terror en ningún momento.

En el polo opuesto, una historia con un extraterrestre como protagonista, ya sea que aparezca en una nave espacial o en una base antártica, podría hacernos pensar inicialmente en la ciencia ficción: sin embargo, Alien, el octavo pasajero o La cosa son filmes que producen terror.

Sin miedo al miedo

El elemento central del terror es, por lo tanto, el miedo. Un cuento de terror debe provocar miedo.

No me cansaré de decirlo en cuanta oportunidad se me presente: uno escribe porque quiere contar algo, transmitir una idea o una emoción, establecer una conexión con otras personas (de alma a alma, de mente a mente). Por lo tanto, y antes de plantearse «quiero escribir un cuento de terror» así, sin más, debemos tener claro por qué.

Podemos hacerlo para conectar con nuestro lado oscuro, como advertencia de los peligros que acechan en el mundo, como una toma de consciencia de lo minúsculos y vulnerables que somos… o para entretener a la muchachada durante una noche de campamento. En cualquier caso, si no se tiene clara esta idea-guía, este mensaje último, difícilmente conseguiremos el objetivo de causar miedo.

Ahora bien, si partimos de una idea firme y sabemos que la mejor forma de transmitirla es a través del terror, de provocar pánico en los lectores, debemos saber cómo. Y aquí es donde cobra importancia dejar de lado los clichés, las casas embrujadas y los asesinos de adolescentes.

Para dar miedo, hay que tener en cuenta dos parámetros básicos: lo que nos da miedo a nosotros; y lo que le da miedo a nuestro lector ideal o hipotético, aquel en quien pensamos al momento de escribir.

Lo desconocido, ese gran desconocido

Se suele decir que el miedo más grande, más común y más extendido es el miedo a lo desconocido. La oscuridad, las tinieblas, dicen, son la materialización o el símbolo de ese desconocimiento: una habitación en penumbras es el primer templo de terror, porque esconde algo y no sabemos qué…

Pero pensemos un poco más: ¿solo el mero desconocimiento da miedo? No, lo desconocido, por sí solo, no genera terror.

Imaginemos esta historia: voy a firmar una hipoteca y en el banco me prestan un bolígrafo; yo lo tomo y no sé si ese bolígrafo escribe con tinta azul o negra. ¡Horror, desconozco el color de la pluma! Les aseguro que a casi nadie le dará pánico esa duda.

Así que es legítimo preguntarse ¿qué más hay? ¿Qué debe acompañar a lo desconocido para que se produzca el terror?

Lo ignorado, por su naturaleza, es una puerta a diferentes mundos posibles, es un abanico de posibilidades con distintos grados de probabilidad. Solo cuando entre esos mundos posibles hay una amenaza a nuestro futuro, lo desconocido produce miedo.

Volvamos al ejemplo: al firmar una hipoteca sentimos miedo porque existe la posibilidad de que algo salga mal, de que acabemos en embargos, juicios y desahucio. No nos asusta ignorar si el bolígrafo con el que vamos a firmar es negro o azul, sino que lo firmado se nos pueda volver en contra.

En la habitación oscura solo sentiremos miedo si podemos imaginar la posibilidad de que haya algo malvado acechando en las penumbras, esperando para asaltarnos…

Terrores terrenales

Sí, podríamos contar la historia de una hipoteca como una historia de terror. No hace falta que enterremos un cementerio indio debajo de la casa hipotecada, ni que haya un fantasma rondando en las habitaciones del inmueble. Basta con transmitir eficazmente el miedo que se produce en el momento clave de tomar la decisión: la duda, la incertidumbre ante lo desconocido, la imaginación desatada y febril explorando todas las opciones ominosas que se presentan al contraer aquel compromiso con el banco. Cuanto peores sean esas posibilidades, cuanto más haya en juego, mayor será el temor que sienta nuestro personaje y, con él, nuestro empático lector.

Como lectores o espectadores, ¿acaso no hemos vivido verdadera tensión, angustia, miedo cuando el personaje de un jugador se apuesta todo (su reloj, su coche, el techo de su familia, su propia vida) en una mano de póquer?

Pensemos en nuestra vida cotidiana: ¿a que alguna vez, aunque sea transitoriamente, de forma fugaz o pasajera, hemos sentido terror? Quizás al volver tarde a casa, en una calle oscura y dormida, sentimos unos pasos furtivos a nuestras espaldas… O en un centro comercial, alguien de aspecto poco amigable se quedó mirándonos fijo… O incluso algo más convencional (y peligroso): en una carretera angosta, un vehículo en sentido contrario se lanza a adelantar casi sin espacio para la maniobra, se nos viene de frente y… a nosotros nos invade el pánico.

No hace falta que los pasos sean de un vampiro, que la persona poco amigable sea un fantasma o que el conductor con prisas esté poseído por algún demonio. Para que el terror se nos presente en todos estos escenarios, solo es necesario un factor común: la posibilidad de que algo acabe mal, la amenaza a nuestro futuro inmediato. Los pasos furtivos o la mirada fija pueden ser de un ladrón, de un secuestrador o de un psicópata; el adelantamiento temerario puede acabar en accidente mortal.

Podríamos trabajar con estas líneas argumentales y construir verdaderas obras maestras del terror. Para ello, debemos emplear todas nuestras habilidades narrativas y poner al lector en el lugar de nuestro protagonista, hacerle vivir en primera persona las angustias que este padece. (En otra entrada profundizaremos sobre cómo transmitir eficazmente el terror).

Más allá… del relato

Tomemos nota de esta gran enseñanza. El buen cuento de terror no es, por lo tanto, aquel donde viven los monstruos clásicos de Halloween, sino aquel que consigue, a lo largo de todo el relato, sumergirnos en una atmósfera de miedo, de posibilidades funestas. Los mejores cuentos de terror son aquellos que nos dejan ese regusto de pánico una vez concluida la lectura: la sensación de que existe una horrible probabilidad esperándonos a nosotros mismos, los lectores, en el mundo real.

También nos pasó a todos: después de leer una buena historia de terror, o de ver una película de miedo, nos costaba avanzar por los pasillos silenciosos de casa para acostarnos en la cama, o no conseguíamos pegar ojo en la habitación a oscuras; en la negrura (en lo desconocido) percibíamos amenazas sin forma, sonidos sutiles de significado oculto, presencias difusas, muñecos o peluches de miradas vacías prontos a cobrar vida…

Una situación concreta, mundana, difícilmente deje ese regusto al concluir la lectura: una vez hemos deshecho el vínculo temporal con los protagonistas de la historia, nuestra realidad puede ser tan distante a la de los personajes que la sensación de terror se disipa velozmente. Pero si el relato consigue sumergirnos en ese mundo con sus reglas y hace que sintamos miedo con las manifestaciones que propone, aunque incluya componentes fantásticos, al cerrar el libro podemos pensar: «¿Y si esa amenaza que acechaba al protagonista del relato existe realmente? ¿Y si esos fantasmas, esas maldiciones ancestrales, esos poderes desconocidos, habitan nuestro mundo?». Así, el miedo perdura más allá de la lectura.

Para ello, para conseguir este efecto deseado, para trascender con el miedo los límites del cuento, es necesario jugar con el gran aliado del miedo: el misterio. Pero eso… eso es otra historia.

© Julio César Cerletti
Asesor editorial para escritores independientes de cuentos fantásticos u oscuros
 

Diccionarios y enciclopedias online : consejos de uso

Un buen escritor tiene que tener siempre a mano material de consulta para despejar sus dudas y ser preciso en su labor. Por un lado, porque la elección de las palabras es vital para hacernos entender correctamente: recordemos que el lector no estará delante de nosotros para poder aclarar el sentido del texto, sino en otro tiempo y espacio muy distintos (en otro continente, dentro de cincuenta años). Por otra parte, porque debemos evitar incluir errores históricos, geográficos o de cualquier otra naturaleza (un reloj de pulsea con pilas en una historia medieval, por ejemplo). Se trata, en fin, de evitar malentendidos o fallos que distraigan a nuestros lectores, para que nuestro mensaje llegue lo más limpio posible.

La gran ventaja de quienes vivimos en esta época es que contamos con abundantes fuentes de consulta online, rápidas y eficaces. En este artículo, voy a explicar cuáles son las que yo uso más y cómo las uso.

La sana duda

Pero antes de entrar en esta cuestión, es importante defender una actitud: la duda.

En su justa medida, la duda es muy sana: nos permite revisar nuestras creencias, poner en cuestión nuestros saberes y obligarnos a verificar los datos de los que disponemos. Evidentemente, no podemos dudar todo el tiempo de todo, porque nos paralizaríamos. Pero sí tenemos que ser conscientes de qué cosas dominamos, cuáles estudiamos una vez y nunca más, cuándo tocamos de oído, y qué asimilamos por ósmosis, de forma no‑sistemática.

Por ejemplo, una vez vi un titular en un periódico online que utilizaba la expresión latina rara avis en masculino (lo que es válido, aunque menos habitual) y escrito de manera incorrecta: «Ganar fuera de casa: un rara habis para nuestro equipo», escribió el periodista.

Está claro que el redactor no dominaba el latín ni las expresiones importadas de esta lengua; que había oído (más que leído) dicha expresión (es decir que le sonaba); y que, por alguna conexión mental propia, asumió que avis se escribía con h y con b. Pero también está claro que no dudó y, por lo tanto, no verificó la grafía de la expresión, porque de otro modo se habría ahorrado una buena cantidad de (malos) comentarios.

La enseñanza de esta anécdota es doble para quienes escribimos, porque todos podemos estar en el lugar del periodista, todos podemos tener la necesidad de emplear una expresión que nos suena, o de citar un dato que recordamos vagamente:

  • En primer lugar, debemos ser conscientes de nuestro grado de conocimiento (o desconocimiento) sobre una materia determinada, y debemos permitirnos dudar sobre lo que creemos que sabemos: es mejor «perder el tiempo» para confirmar que estábamos en lo cierto, que esperar a que otros nos señalen el error.
  • En segundo lugar, tenemos que revisar muy bien un texto antes de publicarlo y detenernos en todas y cada una de las expresiones o informaciones que nos resulten mínimamente dudosas (y muy especialmente si están en un título).

El DLE

De modo que la primera herramienta para tener siempre a mano (yo la tengo abierta permanentemente en una ventana mientras escribo) es el Diccionario de la Lengua Española (DLE) que ha elaborado la Asociación de Academias de la Lengua Española y es heredero del nunca bien ponderado Diccionario de la Real Academia Española.

Para los que hablamos en español (o castellano) es básico. Es el resultado de un esfuerzo mancomunado de estudiosos de nuestra lengua en todos los ámbitos geográficos donde se la considera lengua materna, y nos da las referencias mínimas que debemos tomar en consideración para comunicarnos correctamente con otros hispanohablantes.

Ojo, con corrección no me refiero a «de forma elitista». Como ya expliqué en otra reflexión, «la lengua es un código, y para que la comunicación sea efectiva es necesario que el emisor y el receptor del mensaje compartan el mismo código». El dominio de la ortografía y la gramática es fundamental, incluso cuando se quiere quebrar sus normas para, por ejemplo, reflejar una jerga o una pronunciación vulgar, coloquial o anómala como en la frase: «Te vuá rompé la sabiola». Si no hay un control de las normas de la lengua, es probable que no se entienda el efecto de quiebre que se intenta expresar, o que solo sea percibido por un público muy limitado.

El uso del DLE online es muy sencillo, y tiene opciones de búsqueda muy útiles (por palabras, por expresiones, por inicio o fin de palabra…). Para lo básico, para asegurarnos de que estamos escribiendo bien la palabra y que la estamos empleando en un sentido correcto (que va a ser comprendido por otros hablantes de nuestra lengua y, eventualmente, por los que vayan a traducir ese texto en el futuro), el DLE resuelve de manera rápida y sencilla. Además, como otros diccionarios, incorpora la posibilidad de buscar cualquier palabra que se encuentre en la definición de un término con solo pinchar sobre ella (es decir, no es necesario escribir esa nueva palabra en el campo de búsqueda, sino que vamos saltando de definición a definición en un solo click).

Por otra parte, en cada verbo hay un botón que permite ver su conjugación completa, incluyendo las formas no personales (infinitivo, gerundio) y el participio.

Como detalle curioso, divertido e inspirador, conviene destacar la búsqueda de anagramas (es decir, palabras que emplean las mismas letras en orden diferente como sendero y enredos), lo que puede nutrir a nuestros textos de combinaciones y juegos muy interesantes.

El DPD

Pero las Academias tienen otra herramienta muy útil a nuestra disposición: el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD) que, aunque de 2005, resulta eficaz para resolver dudas habituales sobre, por ejemplo, el empleo de los signos de puntuación, las tildes diacríticas (que sirven para distinguir entre dos significados, como en de y ) y muchas cosas más.

Su uso es menos intuitivo o clásico que en el DLE, por lo que no hay que desesperarse si nuestra duda no se resuelve a la primera búsqueda.

Por ejemplo, supongamos que yo necesito saber si lunes se escribe con mayúscula o minúscula inicial, y busco «lunes» en el DPD, es posible que no me devuelva ningún resultado (o que no sea útil). En ese caso, debo cambiar de estrategia, pensar dentro de qué posible tema se agrupa nuestro caso concreto y buscar, por ejemplo, «mayúsculas» en el DPD. Entonces sí, obtendremos como resultado un largo artículo que deberemos leer con paciencia hasta llegar al puto donde nuestra duda se despeja (en este caso concreto, el apartado 6.1). Sabremos así que lunes va siempre en minúsculas, excepto que integre el nombre de una festividad, como en Lunes Santo, cosa que no sabríamos si solo consultáramos el DLE.

Es decir, el DPD nos exige saber cuál es la naturaleza de nuestra duda, qué es lo que ignoramos. Hay casos, como el ejemplo anterior, en que el tema es bastante claro. Pero, ¿qué pasa cuando dudamos  entre las tres opciones siguientes?

  1. Pienso en que mañana debo ir a trabajar.
  2. Pienso de que mañana debo ir a trabajar.
  3. Pienso que mañana debo ir a trabajar.

Resolveremos parte del problema buscando el verbo «pensar» en el DPD, pero otra parte de nuestra duda se despejará mediante un artículo aparte sobre el dequeísmo (que afortunadamente está vinculado en la entrada de pensar). Para los curiosos, la opción 2 es siempre incorrecta, mientras que la 1 denota tener en mente («Tengo en mente que mañana debo ir a trabajar») y la 3, opinar o creer («Creo que mañana debo ir a trabajar»).

Fundéu

La Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA) tiene por objetivo impulsar el buen uso del español en los medios de comunicación. (¡Cuánto bien le habría hecho a nuestro periodista consultar allí sobre la rara avis!).

Sin embargo, aunque no vayamos a ejercer el oficio de periodista, su web de consultas es muy útil cuando trabajamos con terminología actual (como, por ejemplo, toda la que deriva de la pandemia de 2019-2020, como coronavirus, COVID-19, desescalada, ERTE, confinamiento, estado de alarma y un larguísimo etcétera).

Es decir, si nuestra historia requiere el empleo de neologismos y términos de actualidad, o bien va a jugar con los registros periodísticos, es imprescindible tener a mano esta web.

No vamos a encontrar tan fácilmente como en el diccionario todos los términos que busquemos. Pero es probable que demos con algunas respuestas buceando entre las numerosas herramientas disponibles: no solo en las búsquedas, sino en su blog, sus categorías, sus recomendaciones, etc.

También se pueden formular consultas específicas a través de un formulario; aunque recomiendo navegar un poco antes de enviar una duda, ya que la Fundación lleva muchos años trabajando y resolviendo todo tipo de preguntas, y hay muchas posibilidades de que lo que uno necesita saber ya esté respondido en alguna parte.

WordReference

WordReference es una iniciativa privada y gratuita cuyo objetivo primordial es el de ofrecer diccionarios bilingües, junto con herramientas y foros para traductores.

No obstante su utilidad para incorporar a nuestros textos palabras de otros idiomas, tiene dos aplicaciones interesantes para los que escribimos exclusivamente en español, un  diccionario de sinónimos y un foro solo en español. Esta fuente no tiene el mismo respaldo académico o institucional que las anteriores, pero es un complemento muy interesante que nos permite dos cosas:

  • Gracias a su diccionario de sinónimos, podemos salir de un apuro momentáneo, de un bloqueo, recuperar una palabra que se atasca en la punta de la lengua o evitar las odiosas repeticiones (aunque quizás debamos verificar en el DLE que estamos empleando el supuesto sinónimo en un sentido apropiado);
  • En su foro de español, donde se intercambian dudas, consultas y respuestas entre los usuarios, podemos acercarnos a expresiones coloquiales de otros ámbitos geográficos, de «tribus urbanas», del lunfardo y de un largo etcétera, que no necesariamente están recogidas en el DLE, en especial cuando tratamos con jerga juvenil, modas recientes o dichos muy peculiares de un sitio concreto.

Wikipedia

Por último pero no por ello menos importante, la omnisciente y omnipresente Wikipedia.

Es el sueño de la Enciclopedia Universal Total hecho realidad, en permanente crecimiento y expansión, en múltiples idiomas, con todas sus entradas entrelazadas y actualizadas… aunque tiene sus limitaciones.

La Wikipedia, como toda obra colectiva y monumental, depende mucho de quién escribe en ella, quién edita los artículos o entradas, quién corrige y quién supervisa la coherencia del conjunto. Ahora bien, por su naturaleza abierta, libre y colaborativa, Wikipedia es un proyecto que está sujeto a discusiones (todos sus artículos incorporan una pestaña de Discusión donde los autores o editores pueden debatir sobre la información que se ofrece) y en ocasiones a manipulaciones (aunque temporales o marginales, hasta que alguien las detecte y las corrija o suprima). Si bien podemos asumir que hay un esfuerzo honesto en todos los participantes de esta titánica tarea, y que existen algunas precauciones y requisitos para poder participar en ella, nadie está exento de las miserias humanas: vanidad, mentira, egoísmo… Hay muchas entradas con redacciones o ediciones interesadas, con demasiada carga ideológica o política, y aunque tarde o temprano todo se revisa y se matiza, uno nuca puede estar seguro de en qué estado se encuentra el contenido del artículo que está leyendo en ese momento.

Ello no significa que debamos desechar a la Wikipedia como fuente de información, sino que debemos ser cautos.

Como indican sus propios creadores, «Wikipedia no es fuente primaria: la información nunca debe proceder en última instancia de los propios editores». Mi recomendación es que, en general, resulta muy útil ante dos supuestos:

  1. Cuando necesitamos saber cómo se escribe un nombre (da igual que sea un personaje histórico, un concepto, una teoría, un título) y sus posibles variantes.
  2. Como primera toma de contacto con un tema.

Incluso cuando leemos un artículo en Wikipedia que requiere mucha revisión, donde los editores han indicado que faltan citas o referencias, que tiene lagunas o zonas confusas, seguro que contiene algo de información útil que desconocíamos. Eso nos da pistas para continuar con la investigación en otros ámbitos (la biblioteca, otras webs especializadas, etc.). Nos pone en el camino de autores, obras de referencia y temas vinculados; y con todo ello podremos profundizar en el asunto que nos interesa.

No es recomendable basarse exclusivamente en Wikipedia si la información que buscamos allí es central para nuestro relato, pero puede ser suficiente si la consulta solo trata de confirmar un dato menor.

En otras palabras: empléese con moderación.

© Julio César Cerletti
Asesor editorial para escritores independientes de cuentos fantásticos u oscuros