Publicación independiente (II): creer en sí mismos

En el anterior artículo dedicado a la publicación independiente, comencé discutiendo algunas ideas sobre la autopublicación que habían surgido en un debate entre escritores independientes, en un foro de internet.

Me quedaban pendientes de analizar los siguientes argumentos, sostenidos por aquellos que minusvaloraban o descreían de la autopublicación:

  1. Las empresas que ofrecen servicios de autopublicación persiguen legítimamente, pero también únicamente, su beneficio económico, sin atender a la calidad de lo que ayudan a publicar.
  2. Mediante la autopublicación, cualquier autor puede realizar su sueño y tener un libro «para el goce personal y alimentación del ego» independientemente de la calidad del libro.
  3. Todos los escritores buscan que los lean, y ello equivale a buscar la aprobación de los demás.
  4. Todos los autores quieren que sus trabajos se publiquen en papel: el libro físico es lo que nos realiza como escritores, nos garantiza la perdurabilidad; mientras que la publicación digital es efímera.

Tal como afirmaba en la primera parte de este artículo, estoy parcialmente de acuerdo con algunas de estas afirmaciones, pero hay ideas que me parecen muy discutibles. Vayamos de a poco.

Segunda matización

Deberíamos hacer una matización entre lo que es autopublicación, a secas, y lo que podríamos llamar publicación independiente. Esta última sería un tipo específico de autopublicación, similar a la producción independiente en el panorama musical o cinematográfico:

  • Autopublicarse, como su nombre indica, es «hacer pública» una obra propia. Incluye desde un blog (o una entrada en Facebook, o en Instagram) hasta la impresión de un libro, pasando por el libro digital, un fanzine, una hoja fotocopiada en una cartelera, y lo que la imaginación ponga a disposición del escritor. Hoy en día, los medios tecnológicos permiten hacer pública nuestra obra de diversas formas y con costes nulos o muy reducidos (blogs gratuitos en WordPress o Blogger, impresión bajo demanda, etc.). En ese sentido, autopublicarse está al alcance de cualquiera, tenga o no talento, tenga o no algún mensaje importante que compartir, tenga o no posibilidades comerciales, escriba o no con faltas de ortografía, aspire o no a hacer carrera como escritor.
  • Una publicación independiente, en cambio, es aquella que se publica siguiendo los estándares de calidad y mecanismos profesionales por fuera del sistema de las editoriales tradicionales. Puede ser a través de una editorial pequeña (también llamada «editorial independiente»), mediante iniciativas colectivas (crowdfunding, cooperativas de artistas, etc.) o con los medios del propio autor, que contrata con su dinero servicios profesionales para realizar las distintas fases de producción (edición, corrección, maquetación, impresión…).

Independencia

Es importante hacer una aclaración, especialmente después de haber hecho referencia a la música y al cine independientes: la independencia siempre será «ausencia de dependencia con respecto a algo o alguien». No se puede ser independiente «a secas»; se es independiente (no-dependiente) de algo.

En la industria cultural, el término suele hacer referencia a la independencia con respecto a las grandes corporaciones, ya sean grupos editoriales (Penguin Random House, Grupo Planeta, etc.), productoras de cine (MGM, Warner, Disney, etc.) o discográficas (Sony BMG, Universal Music, etc.), entre otros.

No depender de estos grupos empresariales supone una serie de ventajas y desventajas:

  • Desventajas: la difusión, la distribución y las cuotas de mercado que poseen las obras promovidas por los grandes grupos son infinitamente mayores que las de emprendimientos modestos; la independencia dificulta, por lo tanto, la publicidad de nuestro trabajo, su alcance, su llegada al público;
  • Ventajas: como se verá, las ventajas están asociadas a una mayor libertad tanto en los tiempos y modos de trabajo, como en materia de creatividad, ya que las grandes compañías suelen reducir riesgos, apostar sobre seguro, estandarizar, incluso censurar…

La publicación independiente puede ser resultado de una reflexión, bien una cuestión de principios, bien una apuesta ideológica, o bien una estrategia meramente práctica:

  1. puede basarse en el deseo del autor de no renunciar al control completo de su obra: las editoriales tradicionales suelen intervenir en el ritmo de producción y en el texto —sugerir cambios en la trama, adaptaciones en el estilo, eliminación de palabras o personajes que podrían resultar ofensivos, finales alternativos, etc.—; además, deciden sobre el arte de cubierta, la inclusión o no de ilustraciones, el estilo de maquetación, acabados… En definitiva, si el autor tiene claro cómo quiere que se vea su publicación, sabe cómo llevarlo a cabo y cuenta con la ayuda profesional que necesita para ver su idea plasmada, puede optar por el camino de la autopublicación profesional o publicación independiente;
  2. en otros casos, dado el contenido de la obra (contracultural, antisistema, políticamente incorrecto, subversivo, revolucionario, no-comercial, etc.), la independencia con respecto a las empresas tradicionales es una elección intencionada e irrenunciable; de hecho, algunas publicaciones independientes son claramente enemigas de los grandes grupos, o de la industria cultural en su conjunto;
  3. finalmente, hay autores que optan por la publicación independiente ante el rechazo o (lo que es más frecuente) la indiferencia de las editoriales tradicionales: muchas de ellas directamente no aceptan manuscritos, y las que los aceptan no se comprometen a dar respuesta, o dan respuestas estandarizadas como «en estos momentos tenemos cubierta la producción para los próximos x meses» o «su trabajo no encaja con nuestra línea editorial». En cualquier caso, un autor con fe en su obra puede optar por publicarla de forma independiente, sin abandonar necesariamente su deseo de firmar (algún día) un contrato con una multinacional.

Ahora bien, eso nos lleva a otro punto interesante: ¿de verdad la autopublicación solo busca «el goce personal y alimentación del ego»? ¿Realmente todos los autores que se lanzan a la difícil tarea de crear un producto literario, de llevarlo al mercado, y de promoverlo con más o menos ayuda profesional, lo hacen solo por vanidad?

Creo que no es así, al menos para aquellos a quienes podríamos llamar escritores independientes.

Los caminos de la autopublicación son infinitos: los graffiti, por qué no, son uno de ellos…

El escritor independiente

Los escritores independientes son aquellos que no tienen contrato con una de las editoriales tradicionales, especialmente con los grandes grupos.

Podríamos indicar, grosso modo, dos tipos de escritores independientes:

  1. están los que firman alguna clase de contrato puntual para la explotación de obras concretas con editoriales pequeñas —editoriales que siguen el modelo de negocio tradicional y también se llaman a sí mismas independientes, porque no forman parte de ningún grupo empresarial—;
  2. y están aquellos escritores independientes que directamente se autopublican.

Los primeros cuentan con el respaldo técnico de las editoriales independientes y pueden aspirar a que su producto tenga una calidad mínima; además, no tienen que ocuparse de la distribución, cuentan con apoyo para la promoción, etc. El alcance de la distribución y promoción es limitado (normalmente se circunscribe a áreas geográficas específicas), pero al menos hay una estructura previa que da soporte al autor. Los segundos, en cambio, tienen una obra titánica por delante.

Lo que ambos tienen en común es que quieren hacer carrera como escritores.

En este sentido, autopublicarse no tiene que suponer una merma de calidad, ni literaria (contenido) ni editorial (producto). Hay muchos profesionales que ofrecen servicios para leer manuscritos, realizar observaciones, sugerencias, correcciones, diseño, maquetación, impresión, etc., a fin de que el libro publicado (autopublicado) alcance unos mínimos estándares aceptables por los lectores medios (citábamos en la primera parte de este artículo, como referencia para saber cuáles son esos estándares mínimos, a Mariana Eguaras).

Importante: Los autores que aspiran a (auto)publicar una obra de calidad, deben someter su trabajo al escrutinio profesional y aceptar este juicio antes de publicar; dejarse asesorar por especialistas y, sin perder control de su obra, entender qué no funciona, los problemas de lectura que presenta (y por qué posibles vías solucionarlos), qué formatos son más apropiados para su difusión, etcétera, etcétera, etcétera.

Evidentemente, el coste de publicar con estas ayudas profesionales resulta sustancialmente mayor a la autopublicación de un libro a secas (no hablemos ya con respecto a un blog o una página de Facebook). El escritor independiente se convierte, así, en una suerte de autónomo, de emprendedor cultural: invierte en su producto, trabaja con sus proveedores, y recupera su inversión mediante la venta de un producto (su libro). Ana González Duque habla directamente de «el escritor emprendedor».

Bibliografía: Ana González Duque es, de hecho, la autora de un libro titulado El escritor emprendedor, con consejos y claves para aquellos que decidan hacer carrera por su cuenta. También hay guías interesantes y útiles para escritores independientes, como los libros de Autorquía (Manual de Autopublicación) y de Alejandro Capparelli (Cómo ser un escritor independiente). No son muy caros —si se tiene una suscripción a Amazon Kindle, incluso podrían salir gratis en su versión de libro electrónico— y aportan una guía básica bastante útil para los escritores que quieren autopublicarse con estándares profesionales y control de la propia obra, administrando su imagen de marca, desarrollando estrategias online y offline de promoción, etc.

Evidentemente, entre los proveedores de servicios para escritores independientes existe un abanico de empresas y prestaciones (y un rango de precios) tan amplio que no debería generalizarse a la ligera. No todos los servicios están orientados a los mismos aspectos de la calidad del producto, ni tienen el mismo nivel de especialización. Y si bien, como vimos en la primera parte de este artículo, todos tienen que pagar sus cuentas y buscar la rentabilidad para su negocio, no todos adquieren el mismo compromiso con la calidad del servicio que prestan.

Por eso circula la idea entre algunos escritores —en virtud de malas experiencias personales con cierto tipo de proveedores— de que los profesionales vinculados a la autopublicación buscan «únicamente, su beneficio económico, sin atender a la calidad de lo que ayudan a publicar».

Efectivamente, puede que ciertas empresas de autopublicación low cost, o incluso algunas líneas de negocio de los grandes grupos, busquen lucrar con aquellos que aspiran a la publicación de vanidad: se trata de otra clase de autopublicación, diferente de la publicación  independiente, y que se destina básicamente para consumo del propio autor, para enseñar a familiares y amigos en las reuniones sociales, para obsequiar como regalo empresarial, etc. Así las cosas, aquellas empresas no ponen mucho empeño en mejorar la calidad de un producto que, de todos modos, el cliente va a pagar porque su objetivo no es enviar un mensaje solvente a un lector ideal, sino el «goce personal y alimentación del ego». Dicho de otra manera, ciertas empresas saben que, para esta clase de publicaciones «vanidosas», no merece la pena esforzarse.

Paréntesis: Para conocer más sobre estas malas experiencias en autopublicación, se puede leer el artículo de Antonio Castro «Autoedición vs. publicación de vanidad». Para la idea de publicación de vanidad, el de Wendy J. Woudstra «¿Qué es una autopublicación o edición de autor?» (o su original en inglés en este enlace).

El sueño del escritor

Concuerdo con una idea central en el debate que nos atañe: todos escribimos para que nos lean. Pero no coincido en que sea la aceptación social o la aprobación lo que todos buscamos. Al contrario, a veces se trata de provocar, de despertar conciencias, de generar polémica. Como demuestran casos históricos, en ocasiones no hay mejor aval para una obra rompedora que su rechazo por los estamentos y/o el público general.

Con ello no quiero decir que toda obra deba ser vanguardista o minoritaria, ni que la aceptación social o la aprobación sean detalles menores: dependiendo del perfil de escritor independiente al que uno aspire, una cosa o la otra (o ambas) pueden ser deseables:

  • los escritores que aspiran al éxito comercial, necesitan de la aceptación social;
  • los escritores que aspiran a «codearse con los grandes» o hacerse un nombre junto a ellos, necesitan de la aprobación que dan, generalmente, la crítica, la academia y/o el establishment cultural.

En estos casos, hablamos de aspiraciones legítimas, pero no necesariamente compartidas por todos los escritores. Hay algunos que se mueven más por vocación artística, que buscan o experimentan saliéndose de los cánones o de las fórmulas contrastadas, que arriesgan o que desafían a las corrientes culturales de su tiempo y espacio: estos no buscan aceptación social ni aprobación.

En cambio, lo que todos los escritores anhelan, sí o sí, lo que de verdad da sentido a su trabajo, es que los lean.

Puede ser gratis, o haciéndose ricos; puede ser a un círculo cercano de diez personas, o a millones de desconocidos: uno escribe algo porque quiere contar alguna cosa a sus semejantes. Si no hubiera un destinatario más o menos concreto, más o menos ideal para nuestro escrito, no tendría sentido escribir.

Y ese, solo ese, es el único y verdadero sueño del escritor: que alguien reciba nuestro mensaje, que alguien disfrute con nuestras palabras, o polemice con ellas, o se quede pensando por nuestra culpa.

Hipótesis: De hecho, lo que distingue al que realiza una publicación de vanidad de un «auténtico» escritor es esta necesidad y esta esperanza: mientras uno (el «vanidoso»), solo necesita tener un ejemplar con su nombre para decir «Soy escritor», el otro (el «auténtico»), necesita lectores.

La publicación independiente es, por lo tanto, un medio válido (a veces desesperado, a veces ilusionante) para alcanzar aquel sueño. Dar a conocer la propia obra por uno mismo, hacerla pública con un mínimo de calidad, es llevarla hasta los posibles lectores a la espera de que se realice, de que viva en otros ojos y complete su viaje.

Desvío: Como vimos más arriba, muchos escritores independientes y prácticos —que se autopublican porque no consiguieron que su obra fuera aceptada por una editorial tradicional— aspiran a ser «descubiertos» o a que su obra alcance tal reconocimiento, tales niveles de venta en plataformas como Amazon, que finalmente un grupo editorial se fije en ellos y les ofrezca un contrato. Pero es una posibilidad tan remota que construir su carrera bajo esa premisa puede acabar siendo innecesariamente frustrante. Al escritor independiente solo debería moverlo su ansia de ser leído, de que sus pensamientos, su mensaje, lleguen al máximo número de personas posible. Por el medio o canal o soporte que sea.

El papel, el objeto-libro, es aún hoy un gran atractivo para buena parte del público lector.

El papel de lo digital

Llegamos así a otro asunto espinoso del debate: ¿realmente nos «realizamos como escritores» solo cuando hemos conseguido publicar un libro en papel?

No vamos a negarlo: el libro físico es uno de los artefactos más antiguos y reputados de la humanidad, y gran responsable de que exista la civilización tal como la conocemos. Su historia, su prestigio, su profunda conexión cultural y emocional con nosotros hace que, difícilmente, encontremos otro objeto equivalente. Nuestra literatura, nuestros mitos, nuestras supersticiones y fantasías, están poblados de libros mágicos; de incunables; de ejemplares con anotaciones célebres en sus márgenes; de ediciones raras, limitadas o únicas; de tomos perdidos; de voluminosas encuadernaciones plagadas de secretos y saberes.

Pero estamos en una era electrónica, donde la información circula y se almacena en forma de bits: toda la biblioteca de Alejandría en su máximo esplendor sería hoy solamente un pequeño fragmento de memoria en un servidor subterráneo. Por ello, no hay que menospreciar la publicación digital.

Entiendo que, por sentimentalismo o tradición, para muchos (y cito al autor del documento que abrió el debate) «el libro físico sigue siendo el documento que nos realiza como escritores, lo que nos hace perdurables, tangibles; por el contrario, cuando lo hacemos en forma digital, nos deja la sensación de lo efímero».

Pero quizás los últimos en aferrarnos al papel como elemento de prestigio seamos los integrantes de cierta generación. Para las nuevas camadas, que viven a través de los dispositivos electrónicos y que quieren todo en la palma de su mano —y que incluso (tal vez) están más sensibilizadas con el consumo de papel y la tala de bosques—, el concepto ya no será igual.

En cualquier caso, es una preferencia personal y discutible: desde mi punto de vista, yo también adoro los libros en papel —y como además soy ilustrador autodidacta, me gustan especialmente las ediciones ilustradas—. Me gusta ver mi obra impresa pero, insisto, esto es muy subjetivo.

Por otra parte, es extraño el vínculo que establecen algunos entre «libro impreso/ perdurabilidad», por un lado, y «libro digital/ efímero», por el otro. El papel se deteriora, se corrompe, se aja, se resquebraja, se humedece, se mancha, se quema… se pierde. La humanidad ha extraviado ya incontables ejemplares únicos de obras que nunca más podremos leer por culpa de la imperfección intrínseca del papel como soporte para almacenar información.

En cambio, la compulsión recopiladora de datos actual, el almacenamiento digital de todo, parece hacernos creer que solo es real lo que está en la nube, online, en internet; si busco algo en Google y no lo encuentro, hay dos posibilidades: o es insignificante, despreciable, de mala calidad, prescindible, periférico…; o bien no existe.

No es mi intención renunciar al papel, ni exaltar lo digital, sino remarcar que el mero hecho de ocupar un espacio (físico) en una estantería (una, quizás solo una estantería en el inmenso universo) no garantiza la eternidad; y que (a menos que colapse nuestra civilización, cosa que no debemos descartar nunca), la existencia digital se antoja hoy mucho más eterna y universalmente accesible que la corporeidad de celulosa.

Paréntesis: En cualquier caso, para los enamorados del papel como yo, hay fórmulas de autopublicación que permiten conseguir un libro impreso con buena calidad, sin mayor coste para el bolsillo de su autor: las que implican impresión bajo demanda o la impresión digital en tiradas pequeñas, por ejemplo. Y no se trata de meras publicaciones de vanidad, sino de un modelo de negocio viable que permite controlar mejor los costes y ofrecer a los lectores un volumen con buenos acabados. Yo he comprado varios libros técnicos impresos bajo demanda y estoy satisfecho con el producto adquirido.

Mediocridad

Para concluir este artículo, vamos a volver sobre el principal punto del debate: la calidad.

Un amigo me decía: «en el mundo siempre hay lugar para un mediocre más». En el panorama literario, ello es válido tanto para las editoriales tradicionales o los grandes grupos, como para las publicaciones independientes.

Vuelvo a insistir: un vistazo por las estanterías de las librerías, quitando las obras clásicas o de autores consagrados (y a veces incluso en estos casos), nos deja un panorama algo desalentador… a pesar del filtro editorial. Lo comercial es, a día de hoy, dominante —conviene leer este polémico artículo de Valentín Pérez Venzalá, sobre los motivos y problemas del modelo actual de producción y venta de libros—.

Por otra parte, las publicaciones de mala calidad, en cualquiera de sus aspectos (contenido, argumento, estilo, edición o corrección, diseño o maquetación, impresión, etc.) se suelen caer por su propio peso: no resisten la crítica, no alcanzan suficiente difusión, y suman detractores antes que seguidores.

La verdadera discusión, desde mi punto de vista, pasa por el mensaje, un aspecto que muchos aspirantes a escritores con los que me encuentro desprecian inexplicablemente. La mayoría de ellos se centra únicamente en el argumento, o en imitar los libros de éxito que les gusta leer, pero olvidan que un escritor escribe para contar algo que va más allá de la anécdota. Una historia de fantasmas puede ser una reflexión sobre la soledad o, como El fantasma de Canterville, una crítica en clave cómica al materialismo moderno.

Ahora bien, una obra pésimamente escrita y editada, pero que resulte polémica, que plantee un tema tabú o candente, puede tener éxito a pesar de su mala calidad. Muchos panfletos con teorías de la conspiración o soluciones mágicas para la vida pueden ocupar los primeros puestos de ventas en librerías digitales: el mensaje que prometen puede hacer atractiva una mala propuesta.

Personalmente, ya sea como autor o como asesor editorial, siempre estoy pendiente del mensaje y de cómo hacerlo llegar de forma eficaz: ¿para qué escribo esto? ¿Qué quiero contar con ello? ¿A quién quiero hablarle, qué espero conseguir con mi relato? Y aun cuando pensáramos, como Borges, que ya está todo dicho, que finalmente todas son permutaciones de la misma trama, todas las discusiones son variantes de las mismas ideas, ¿qué puedo aportar yo, a mis contemporáneos, para que vuelvan a pensar sobre aquello que nuestros antepasados ya pensaron?

Si uno tiene un mensaje profundo que transmitir, o una aproximación original a un tema, debe publicarlo por el medio que tenga a su disposición. Ahora bien, para que ese mensaje llegue a destino, para que sea efectivo y eficaz, es necesario que esté bien construido, que no presente problemas de lectura, ni ambigüedades, ni distracciones, ni errores: a ello nos referimos cuando hablamos de un mínimo de calidad editorial.

También es importante cerciorarse de que ese mensaje es relevante, que aporta algo, que merece ser contado: y para ello hay múltiples vías, no solo la aceptación (o rechazo) de una editorial tradicional: hay lectores cualificados, asesores, consultores y otros profesionales que pueden orientar al escritor independiente en este sentido.

La publicación independiente es un buen camino para transmitir nuestro mensaje (nuestra visión del mundo, nuestras preocupaciones) si se hace con rigor y buscando la profesionalidad: es cierto que implica un esfuerzo personal y económico mucho más grande por parte del autor, pero las nuevas tecnologías y las formas de colaboración actuales permiten reducir costes, a la vez que posibilitan un contacto más directo con los futuros lectores.

Decían los escépticos del debate que la autopublicación equivale a un cierto «autoengaño». Pero si no fantaseamos con que ella nos va a dar fama y dinero, que nos va a llevar a las portadas de las revistas culturales o los suplementos literarios, no hay autoengaño. Si asumimos que el objetivo a conseguir mediante la publicación independiente es, simplemente, que nos lean, no hay autoengaño.

No lo olviden: siempre hay lugar para un mediocre más, siempre hay alguien dispuesto a leernos.

© Julio César Cerletti
Asesor editorial para escritores independientes de cuentos fantásticos u oscuros
 

Publicación independiente (I): filtros y calidad

Este artículo comenzó como respuesta a un debate que surgió entre un grupo de escritores independientes, en un foro de internet. Cuando me di cuenta de lo extensa que se volvía mi réplica, me pareció más pertinente convertirla en un artículo de este blog: como suelo repetir, hay que tener en cuenta el medio en el que uno escribe; en un foro de internet, sobre un tema específico, no conviene explayarse demasiado ni irse por las ramas.

De modo que —primera advertencia— este texto recoge algunos de los puntos de vista reflejados en el debate y los discute. Intentaré exponerlos brevemente y de la forma más imparcial posible.

Resumen del debate

En el foro, los escritores discutían acerca de la autopublicación —que muchos llamaban autoedición: sobre esta confusión terminológica hablaré en los siguientes apartados—. El disparador del debate fue un pequeño artículo titulado «No creo en la autoedición». Su autor sostenía principalmente estos puntos:

  1. Detrás de un sello editorial (de una empresa editora tradicional) existen criterios a la hora de seleccionar el material a publicar, y entre tales criterios está la evaluación de la calidad de lo escrito.
  2. El trabajo de las editoriales (su función o responsabilidad social) es filtrar el material existente y colocar en el mercado solo aquello que alcance unos niveles de excelencia
  3. Las empresas que ofrecen servicios de autopublicación persiguen legítimamente, pero también únicamente, su beneficio económico, sin atender a la calidad de lo que ayudan a publicar.
  4. Mediante la autopublicación, cualquier autor puede realizar su sueño y tener un libro «para el goce personal y alimentación del ego» independientemente de la calidad del libro.
  5. Todos los escritores buscan que los lean, y ello equivale a buscar la aprobación de los demás.
  6. Todos los autores quieren que sus trabajos se publiquen en papel: el libro físico es lo que nos realiza como escritores, nos garantiza la perdurabilidad; mientras que la publicación digital es efímera.

En este resumen, espero que bastante fiel al espíritu del artículo, he marcado en negrita algunas palabras que emplea el propio autor y que, a mi juicio, son clave para analizar el tema que nos interesa.

En la primera parte de este artículo, me dedicaré a discutir los puntos 1, 2 y 3; en la segunda parte, volveré sobre el punto 3 y continuaré con los restantes.

Editar y publicar

Empecemos por lo menos importante, aunque sí sustancial: como ya habrán leído quienes están suscritos a mi newsletter, existe una diferencia importante entre editar y publicar. Buena parte de los comentarios del debate (de hecho, había un comentarista que insistía bastante en ello) consistían en corregir o precisar el empleo de términos: editar y publicar (y, por lo tanto, auto-editar y auto-publicar) no son sinónimos.

La edición, en nuestro ámbito, es el «texto preparado de acuerdo con los criterios de la ecdótica y de la filología». O, en términos menos académicos, editar consiste en corregir, enmendar y pulir un texto para que sea técnicamente adecuado: que no contenga fallos gramaticales, ortográficos, tipográficos, de estilo.

La publicación, en cambio, es la «acción y efecto de publicar» y publicar es hacer algo público, sacarlo de la esfera privada y darlo a conocer.

Dicho así, edición y publicación (editar y publicar), parecen cosas claramente distintas. ¿Dónde está entonces el origen de la confusión? En que, como cualquier palabra, cada una de este par tiene muchas acepciones.

¿Cuándo se confunden más habitualmente? Cuando se emplean como sustantivo para referirse a una obra: la segunda edición, la edición anotada, la edición de lujo… o bien la publicación periódica, la publicación sectorial… Si bien no es exactamente lo mismo, uno puede decir que un libro es una publicación (como lo es una revista, un catálogo o un folleto) y a la vez una edición (primera, crítica, ilustrada). Y de ahí caemos en el error común de confundir edición y publicación, como si fuesen una y la misma cosa.

Hecha la aclaración terminológica, se entiende que el escritor que abrió el debate quiso decir «No creo en la autopublicación».

Paréntesis: Podríamos hablar sobre la autoedición, sobre las ventajas y desventajas de corregir y pulir el propio texto. Es un tema apasionante para quienes estamos en este oficio y sobre el que tengo experiencias de todo tipo. Pero eso será otro día, en otro artículo.

Primera matización

No estoy enteramente en desacuerdo con las ideas que abrieron el debate. Pero es necesario introducir algunos matices y aclaraciones, y deshacer algunas simplificaciones o generalizaciones excesivas.

Los tres primeros puntos de aquel artículo se referían a las empresas editoras, las que publican libros. En el mundo editorial existen múltiples modelos empresariales. Aquellas en las que pensamos cuando decimos sellos editoriales o editoriales (a secas) son un conjunto acotado de empresas con un modelo de negocio específico, que esquematizo así:

  • Producto: libros literarios, técnicos, científicos, divulgativos o filosóficos.
  • Ciclo económico: por lo general invierten primero (adelantos al autor, gastos de diseño, maquetación, corrección, impresión), y recuperan la inversión mediante la venta serializada de un producto acabado (y sus derivados, y su merchandising, llegado el caso).
  • Riesgo: la diferencia de tiempo entre la inversión y su recuperación, y la posibilidad de que el dinero no se recupere, implica un riesgo que la empresa editora debe asumir. Ello, como veremos, las lleva por lo general a intentar reducir todo lo posible dichos riesgos.

Entre las empresas con este modelo de negocio, podemos encontrarnos desde grandes grupos multinacionales, hasta pequeñas cooperativas. En general, lo que caracteriza a todas es su apuesta por un determinado tipo de publicaciones (sea por género o estilo literario, ideología, público destinatario, etc.). Cuando una editorial o grupo tiene más de una línea o tipo de publicación, suelen agruparlas por colecciones o bajo distintos sellos del mismo grupo.

Pero más allá de estas empresas, también es una editorial la que publica un periódico (diarios, revistas) y que vive más bien de los ingresos por publicidad (los anuncios que se publican en sus páginas) que de la venta directa de ejemplares.

Y también es una editorial la que realiza publicaciones por encargo —yo trabajé en una de ellas—. En este caso, la empresa puede invertir primero y recuperar la inversión a posteriori (factura contra entrega); otras veces financia sus productos mediante la venta de publicidad (lo que se denomina a coste cero para el promotor de la publicación); y a veces cobra por adelantado, entregando un producto llave en mano. Entre estas empresas, se encuentran las que se dedican a prestar servicios de autopublicación.

Por otra parte, hay muchos perfiles profesionales involucrados en la edición, desde los escritores a los libreros, pasando por los editores, correctores, maquetadores, revisores, directores de arte, ilustradores, publicistas, agentes literarios, consultores y asesores editoriales, comerciales, etcétera. Puede que todos estos perfiles convivan en una única empresa o grupo, o puede que haya empresas especializadas en algunos de ellos. En ocasiones, incluso los grupos multinacionales contratan los servicios de algunos freelancers para desarrollar tareas parciales en la edición de una publicación.

Ahora bien, todas las empresas y todos los profesionales tienen en común que deben facturar, pagar impuestos, salarios y obtener un mínimo de beneficios para seguir funcionando. Ningún emprendimiento empresarial, por nobles objetivos culturales que se proponga, puede eludir el factor de viabilidad económica necesario para su desarrollo. Y no es un dato menor.

Libros de bolsillo autopublicados que parecen productos de editoriales tradicionales.

El filtro profesional

Estoy de acuerdo en que las (llamémoslas) editoriales tradicionales tienen filtros: no publican todos los manuscritos que les llegan. Pero aquí discrepo en que el único o principal criterio de selección sea la calidad.

En la gran mayoría —especialmente en los grandes grupos editoriales que dominan el mercado—, el principal criterio es el mismo que en Hollywood: la perspectiva de rentabilizar la inversión. Para ello es necesario que el libro (como la película) resulte atractivo para el mayor número de personas posibles.

Paradójicamente (según el prisma con que lo miremos), en muchos casos eso significa sacrificar calidad: una obra demasiado vanguardista, arriesgada o solamente accesible para un grupo reducido de población (geográfica o culturalmente segmentada), podría no encontrar respaldo editorial a pesar de reunir cualidades artísticas óptimas. Pongamos por caso la poesía: no es un género masivo y no se apuesta por él en el mismo grado que se invierte en las novelas históricas o los romances paranormales, las sagas de crímenes o fantasía, etc. Puede haber muy buenos poetas, con una calidad excelente, que no encuentren suficiente apoyo para su trabajo, o que apenas puedan aspirar a ediciones pequeñas y promoción limitada.

Como empresas, las editoriales deben vender un producto demandado en el mercado. Por eso buscan entre los manuscritos aquellos que puedan brindar el producto que, según estiman los encargados de ventas, el público espera.

Ello no quita que haya pequeñas editoriales, o líneas de negocio específicas dentro de los grandes grupos, que arriesguen un poco más; o que atiendan a un segmento específico, minoritario, pero con poder adquisitivo; o que estén atentas a nuevas sensibilidades, gustos y demandas emergentes. En cualquier caso, la lógica siempre es la de mercado: hay un consumidor potencial, hay un producto que ofrecer, hay unos costes asumibles, hay un precio conveniente.

Podemos concluir este apartado, entonces, con una afirmación clara: la calidad de lo escrito no es necesariamente el principal criterio de selección que emplean las editoriales para filtrar manuscritos; de hecho, el primero y principal es económico.

Digresión: Utilizo el ejemplo de Hollywood porque es revelador: las películas de superhéroes que últimamente dominan las carteleras son producciones costosísimas, con actores de primera línea, efectos de última generación… pero unos guiones muy pobres, que a veces insultan la inteligencia del espectador.

No digo que el panorama literario sea exactamente igual de denigrante, pero sí tiene algunos puntos de contacto. Por un lado, se repite la lógica de ofrecer más de lo mismo, fórmulas que funcionan, y de explotar y reexplotar a los productos exitosos del pasado: reediciones, ediciones de lujo, ediciones ilustradas, ediciones completas, edición aniversario, edición ampliada, secuelas, precuelas, spin-off, etc. Equivale a lo que, en cine, son las remakes, remasterizaciones, versiones extendidas, versión del director, franquicias, y así siguiendo.

La calidad

Quienes argumentan en contra de la autopublicación la acusan de suprimir un filtro necesario: las librerías (más las digitales que las físicas) se están llenando de materiales mediocres o malos desde que la tecnología permite a cualquiera publicar un libro por su cuenta.

Ahora bien, ¿por qué son mediocres o malos esos libros autopublicados?

Muchos de ellos destacan (negativamente) por su presentación: antes de que empecemos a leerlos (si es que llegamos a leerlos), salta a la vista que han sido realizados sin edición, sin corrección ortográfica, ni tipográfica, ni de estilo, sin maquetación profesional, con portadas diseñadas e ilustradas sin criterio…

No vamos a negar la realidad: muchos de los libros que se autopublican actualmente no reúnen unos estándares mínimos que nosotros, como lectores, esperamos encontrar en cualquier otra publicada. Es lo que Mariana Eguaras señalaría como no «publicar con calidad editorial», es decir, no cuidar la presentación del libro, tanto desde su contenido (correcta redacción) hasta sus componentes visuales, etc. (tanto en el libro de esta autora como en su blog hay mucha información pertinente para saber en qué consisten estos estándares mínimos, por lo que no me detendré en ellos).

Podría decirse que una publicación realizada por una editorial tradicional siempre posee (o se espera que posea) una mínima calidad de edición. Un libro autopublicado, en cambio, no siempre. O, visto desde el punto de vista del lector, uno espera que un libro publicado por una editorial tradicional siempre tenga una calidad de edición mínima, incluso alta; pero no espera lo mismo de una autopublicación.

Sin embargo, cuando un libro autopublicado sí reúne los estándares de calidad editorial mínimos, pasamos a valorar su contenido en sí: aquí la cuestión de su calidad literaria se vuelve más discutible.

La calidad literaria es siempre una incógnita: uno puede confiar en que determinado sello editorial realiza una selección que siempre concuerda con nuestros gustos y preferencias, y pese a ello su próximo libro es un enigma. Más de una vez, como lectores, nos hemos decepcionado incluso con obras de autores en quienes confiábamos.

Por otra parte, muchos escritores independientes que se autopublican en la actualidad no cuentan con el aval de un sello editorial porque han decidido saltarse el paso de llevar su manuscrito a varias editoriales tradicionales (y sufrir los sucesivos rechazos) antes de lanzarse por su cuenta: podría darse el caso de que un libro reuniera las características de calidad literaria y viabilidad económica para una editorial tradicional, y que sin embargo no llegara a ella por decisión del autor. Es decir: podría haber obras brillantes autopublicadas, cuyo autor no dio oportunidad de valorarlas previamente a los sellos editoriales convencionales.

No todo lo que se publica tiene la misma calidad. Incluso cuando lo respalda un sello importante.

Finalmente, hay que hacer una reflexión sobre la calidad literaria de lo que se publica actualmente por los grandes sellos editoriales. Evidentemente, hay que satisfacer a todo tipo de públicos, con sus diferentes niveles culturales, educativos, preferencias estéticas, etc. No todo el mundo quiere leer Rayuela de Julio Cortázar, ni tampoco El pollo Pepe de Nick Denchfield. Y también hay que reconocer que una obra de calidad literaria probablemente está publicada por un sello tradicional.

Pero hay una pregunta legítima: ¿cuál es la «medida» de la calidad literaria de lo que debe publicarse? ¿La saga Crepúsculo? ¿O su fan fiction reciclado en forma de 50 sombras de Grey? ¿Las ocurrencias banales de un youtuber recogidas en un libro impreso? ¿Las memorias firmadas (que no escritas) por un personaje de farándula contando indiscreciones de su vida privada? ¿El enésimo libro oportunista que pretende explicarnos (o dramatizar) determinado tema de actualidad (la pandemia, la cibervigilancia, el ISIS o cualquier asunto similar), o que nos ofrece una biografía de un famoso muerto recientemente (o cuyo aniversario se cumple en este año)?

¿No les ha pasado que, al recorrer una librería, un alto porcentaje de los títulos que están en las estanterías no resultan para nada atractivos y que, de entre esos, la mitad les provoca directamente rechazo? ¿Y han notado que casi todos ellos han sido publicados por grandes grupos editoriales?

Como conclusión a este apartado, creo que debemos distinguir entre la calidad del producto (revisión otrotipográfica y de estilo, diseño, maquetación, impresión, acabados) y del contenido: las editoriales tradicionales garantizan lo primero, pero no lo segundo. El contenido que comercializan es el que esperan vender, ni más ni menos, y puede ser tanto El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, como El libro troll, de El Rubius.

En la segunda parte de este artículo trataré sobre la diferencia entre la autopublicación a secas y la publicación independiente, y sobre cómo autopublicarse no tiene por qué suponer necesariamente una merma de calidad, ni literaria ni editorial.

© Julio César Cerletti
Asesor editorial para escritores independientes de cuentos fantásticos u oscuros
 

El lector fantasma: ¿para quién escribimos?

Ningún escritor sabe quién lo va a leer (más allá de esos familiares y amigos a los que obligamos a tragarse nuestros textos). No obstante, cada escritor se hace una composición mental sobre su posible lector: es el lector ideal, aquel a quien, en principio, está dirigida la obra.

Cualquier texto, sea un cuento o una factura de teléfono, está pensado para un lector ideal. No se trata de una persona concreta, sino más bien de un arquetipo, una ficción, un personaje que recreamos en nuestra mente y al que le atribuimos una serie de características. La primera y principal es, por supuesto, que sepa leer.

No hay una única manera de concebirlo. Se lo puede definir de forma más o menos genérica o detallada, con parámetros macro o microsociológicos, por niveles de formación, áreas geográficas, orientación sexual, ideologías políticas, gustos culturales, o una múltiple combinación de rasgos. Incluso puede que sea un ente fantasmal, nebuloso, casi una sombra difusa a la que apenas podemos entrever. Sin embargo, siempre está ahí.

Saber lo que sabe

La conciencia sobre el lector ideal es muy importante para un escritor, entre otras cosas porque le permite adivinar lo que su posible audiencia sabe y no sabe. Los conocimientos que presuponemos al lector permitirán ahorrarnos ciertas explicaciones o, al contrario, obligarnos a dar cierta información importante para que pueda avanzar en la trama.

El ejemplo clásico de lector ideal lo encontramos en la segmentación por edades: infantil, juvenil y adulto, y las subcategorías de cada uno (bebés, escolarizados, preadolescentes, etc.).

Otro ejemplo es el de los expertos y los legos en determinada materia, lo que nos da como resultado libros técnicos (para expertos) o libros de divulgación (para legos).

Es decir: no contaremos igual la Historia de la Ciencia a un niño que está aprendiendo a leer, que a un filósofo especializado en epistemología; y ello se debe, en parte, a lo que creemos que nuestro lector conoce o ignora.

Conociendo al lector

A veces no resulta tan claro saber a quién queremos dirigirnos. Una obra de ficción, en principio y cuanto más fantasiosa sea, no tiene un público tan definido como, por ejemplo, un manual para programación en C++. Por lo tanto, hay que hacer una serie de ejercicios, de reflexiones, para descubrir quién es ese fantasma que habita en nuestro inconsciente.

Supongamos que quiero escribir un cuento de misterio que involucra de alguna manera al Sudario de Turín: ¿debo exponer la historia de esta tela, la polémica en torno a su autenticidad, las investigaciones científicas realizadas sobre ella? ¿O debo suponer que mi lector ya está familiarizado con los aspectos básicos de la Sábana Santa y centrarme exclusivamente en mi relato? Según cómo respondamos a estas preguntas, dejaremos traslucir nuestra idea de lector. Veamos posibles respuestas:

  1. ¿Quién no conoce al Santo Sudario?
  2. Creo que los jóvenes de hoy en día no tienen ni idea de lo que es eso.
  3. La gente ya está aburrida del trapo ese…
  4. Uy, esto se parece a una novela de Dan Brown

En el primer caso, nuestro lector ideal es una persona que participa de nuestro propio ámbito cultural porque, de otro modo, no mostraríamos sorpresa ante su posible ignorancia. Asumimos que dicho ámbito incluye conocimientos básicos de cristianismo y, en especial, del objeto mencionado.

En el segundo caso, nuestra preocupación por lo que saben o no saben los jóvenes refleja que nos interesa dirigirnos a ellos y que son, al menos, parte de nuestro público.

En el tercer caso, ya hablamos de un lector experto en reliquias, falsas reliquias y, en especial, muy familiarizado con las polémicas en torno al sudario; por otra parte, como refleja su designación despectiva, no cree en las propiedades místicas del Sudario de Turín y ya está saturado de lecturas sobre el tema.

Finalmente, el cuarto caso es parecido al tercero, aunque ahora nuestro lector prefiere claramente las obras de ficción y, en particular, conoce las del novelista famoso por asignar un importante papel en sus historias a los objetos y símbolos religiosos.

Habla el lector

Lo anterior parece una verdad de Perogrullo, pero es un error que se observa con frecuencia en los escritores nóveles: el olvido del lector. Esto los conduce a escribir textos excesivamente crípticos (el autor no tienen en cuenta que sus lectores ignoran ciertas cosas) o llenos de explicaciones innecesarias (el autor se cree obligado a aclarar cada término, cada referencia).

Es importante hacer un esfuerzo en el momento de la escritura, plantearse quién nos va a leer (mejor dicho, quién querríamos que nos leyera) y, una vez definido el lector ideal, permitirle que nos susurre sugerencias al oído, que nos haga preguntas, que nos manifieste sus dudas, su perplejidad, su aburrimiento.

Nuestro lector ideal se irá acoplando al relato, y así conseguiremos que nuestros lectores reales se identifiquen con ese arquetipo: nos adelantaremos a sus posibles objeciones, nutriremos su curiosidad y, sobre todo, estableceremos una complicidad propia de íntimos. Porque, de alguna manera, ya habremos estado dialogando con ellos.

© Julio César Cerletti
Asesor editorial para escritores independientes de cuentos fantásticos u oscuros
 

Libro Ema&Emo. Cien dosis de (mal)humor

¡Ya está a la venta el libro de «Ema&Emo»!

Ema&Emo es una viñeta de humor negro que refleja el día a día de una pareja de pesimistas empedernidos en lucha contra sus impulsos suicidas y melancólicos, acompañados de un gato cínico y sarcástico, mientras libran su eterna batalla contra la irreductible Pelusa megalómana.

Se puede conseguir en las librerías coruñesas Alita Comics, Arenas, Berbiriana, Formatos, Lume, Metropolis, Repronor A Zapateira, o en nuestra tienda online.

Formato: 20×20 cm
Encuadernación: tapa blanda con solapas y plastificado mate
Páginas: 160
Contenido: Los cien mejores chistes del primer año de vida de Ema&Emo.
Prólogo analítico de Juan Pedro Soco Urtizberea.
ISBN: 978-84-120845-1-1

© Julio César Cerletti, asesor editorial para escritores independientes de cuentos fantásticos u oscuros